Café en la Vía Láctea

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El envés del cielo

La nébula de la Mariposa, en Escorpio. / NASA
La nebulosa de la Mariposa, en Escorpio. / NASA

(A Jesús Arias. In Memoriam)

El día en que la mano arzobispal firmó la condena que habría de enviarlo a la hoguera,

el hombre al que llamaban Giordano Bruno cruzó el nuevo Puente de Rialto

e intuyó el firme de piedra bajo sus sandalias. Llegó después

al observatorio clandestino reservado por sus fieles

y sobre aquella Venecia dormida entre sombras

elevó su mirada, todavía pura, intacta, al cielo.

Conmovido de nuevo y dispuesto a pagar el precio

se reafirmó en cuanto ya sabía, en todo lo que

había enseñado en universidades y caminos, la verdad

que le costó la excomunión de católicos y luteranos:

la Tierra era sólo un planeta más entre muchos,

cientos, miles, infinitos tal vez, dispersos en el cosmos

como granos de arena en la playa; y el Sol era sólo otra

estrella de cuantas contenía el orbe hasta sus límites,

cada una con sus respectivos sistemas orbitales, y en ellos, quizá,

océanos y montes, islas y continentes, ríos que desembocaran

en mares cálidos, piélagos a la deriva, polos helados,

bestias proclives a la intemperie o al refugio, acaso

inteligencias capaces de discernir el bien del mal,

la justicia de la misericordia, la frustración de la ira,

la piedad de la compasión. Y aquel hombre

al que llamaban Giordano Bruno

se sintió complacido y dio gracias a Dios

por permitirle advertir tal milagro, de modo

que siguió mirando al cielo, sin descanso, sin reserva,

para perderse en la intensidad de la luz que Venus reflejaba,

en las distancias que ni el mismo Caronte podría completar,

en la geometría de Escorpio, el fulgor de Antares,

la soledad de Sagitario, la música en las esferas de Virgo,

la firmeza del crepúsculo, el templo de Hércules, la lira

que Orfeo abraza en lugar de Eurídice, el caudal del tiempo

vertido en aquellas orillas, mundos en los que Eneas

volvería a abrazar a Anquises cada mañana; e imaginó

intrépidos viajeros que a bordo de naves de fuego

surcaran aquel cénit y pulverizaran todas sus fronteras,

de una luna a la siguiente, a través de cometas fugaces

y asteroides congelados, hasta abrir puertas secretas

a dimensiones ocultas,

a sueños más allá de la razón,

a la red capaz de atrapar el misterio,

a la morada donde el amor de nuestro anhelo

no nos rechaza al fin, pues nos acoge.

 

Puso después sus ojos Giordano Bruno sobre aquella Venecia agotada

que la peste había reducido a un charco de huesos secos:

a sus pies, las bocas inocentes comulgaban con el terror

y aquel demonio, espíritu invisible, convertía los cuerpos

en cadáveres anticipados, apenas coágulos latentes

que pedían la muerte a gritos en el sudor de sus sábanas,

sin fuerzas para besar la cruz afirmada ante lo que una vez fueron sus labios.

Aquella Némesis llena de rabia había consumado

la tarea que quedó pendiente a las guerras y sus crímenes,

a la disciplina del acero y la ceremonia del incendio,

a la frialdad de los héroes, al filo radiante del sable

y la mordedura certera de aquellas serpientes que creímos hombres,

el golpe en el vientre del recién nacido, la cordura quebrada

en el pecho de las madres, la condena de antemano,

el hambre como nueva política, la lujuria irrefrenable de los reyes

sobre la miseria de quienes lo perdían todo, el saqueo

de los establos, la fruta podrida, el agua estancada,

la descomposición de la carne, el odio resuelto a no dejar

fragmento alguno a la ceniza, los jóvenes arrojados desde las torres,

los viejos cansados de haber nacido, la antorcha en el estómago,

la hiel en el corazón, el nudo en la garganta,

la mansedumbre serena de las víctimas ante la

lógica aplastante del potro. Y se preguntó Giordano Bruno

si no estaban ahí los mundos que debía haber explorado,

las estrellas que distinguió en el pozo inverso del firmamento,

las constelaciones que cartografió, los mil planetas que figuró

tan lejos, sin opción al entendimiento,

porque tampoco él podía entender el sentido de esta patria

ni alcanzaba a poner el nombre más justo a este infierno.

Rezó a Dios, pero Dios no le escuchaba,

igual que no escuchan los luceros remotos,

igual que no escuchan los muertos apilados en las cunetas.

Y cuando ya los miembros eclesiásticos alentaban las llamas

que culminarían su sacrificio, escrutó el filósofo su alma

en busca de una voz que aplacara sus tormentos,

que le confirmara la bondad de sus acciones.

Pero no hubo consuelo para Giordano Bruno

en la noche asesina de Venecia.

 

En este Carmen Celeste esperamos desde entonces

una sola señal que el universo quiera brindarnos,

una palabra, tan sólo, bastaría para dar por buena

la austeridad matemática que preservamos en nuestras alianzas.

Por eso escudriñamos, sondeamos, alimentamos

la esperanza vana de una respuesta, nos adentramos en

la energía oscura con ondas gravitacionales, fijamos

la posición de enanas rojas, la atracción cuántica de los átomos de axión,

la curvatura del espacio-tiempo en un horizonte de sucesos, confiamos

en que las partículas que emanan de los agujeros negros signifiquen algo

entre tanto silencio, auscultamos la Vía Láctea

para bautizar nuevos exoplanetas, sus emisiones y atmósferas,

futuras arcas para el diluvio que habitará otro siglo,

la Ítaca de Ulises más allá de Alfa Centauri, el laberinto

de Teseo en el dintel de Tau Ceti. Buscamos, así, seguimos buscando,

sin necesidad de ver, sólo de sentir, con telescopios conscientes

que aprendieron a soñar con ovejas eléctricas. El tiempo nos consume,

pero el espacio nos impulsa, en cada año-luz traspasado

hay un niño sano que juega con el mañana,

tigres que comen de la mano de párvulos ciegos,

la frente blanca de un ángel que aspira a ser pétalo.

Pero este cielo tiene su envés, elocuente, derramado

en los bosques que ardieron antes del alba,

en las libertades tuteladas, en los perros adiestrados,

en el espejo que devuelve una poesía sin fuente,

en la pasión baldía de los mutilados, en el manantial de polvo,

en las manos sucias posadas sobre la harina, en las camillas

sobre las que parimos el limo y el alquitrán, en las uñas negras del verdugo,

en el muro que nos separa, en el puente que volaron en Sarajevo,

en el tuétano amasado en los cubos de Somalia, en el

ajusticiado que encuentra en la cal viva el útero al que aferrarse de nuevo,

en el algoritmo inefable del ébola, en el genocidio

señalado en el orden del día, en la querencia presidencial del hacha

y la tapia del cementerio en la que otros respondieron

cuando el general al mando nos llamaba a nosotros.

Y en este envés, el cielo habla:

más aún, grita, se ensordece, se revuelve

en un ruido sin medida ni tasa,

una algarabía de lenguas y aullidos, por si acaso

alguien, en alguna parte,

se inclinara a escucharnos. Por eso

perseguimos otros mundos, como Giordano Bruno,

para que el esplendor de esta estrella no nos deslumbre con promesas eternas,

para que exista una mesa, en una casa,

en la que podamos partir un pan distinto del miedo.

7. La distancia efímera

'Café de Flore' (1958). Paul Almasy
‘Café de Flore’ (1958). Paul Almasy

La vieja puerta de madera se abrió de manera discreta, pero el avisador tubular emitió su sonido metálico con igual intensidad. Fuera llovía a cántaros: los desagües escupían caudales a ritmo frenético en todas las manzanas mientras la corriente arrastraba hojas secas y periódicos del día anterior. Sin terminar de cruzar el umbral, la mujer cerró el paraguas negro con esmerada delicadeza y lo dejó bien atado en el paragüero de porcelana habilitado a su izquierda, donde otros dos hacían tiempo erguidos sobre el fondo encharcado. Se quitó después el abrigo verde y dejó a la vista su jersey fino de cuello vuelto y su falda gris hasta las rodillas. El viento había respetado el orden de la melena rizada y corta que cubría su cabeza. Cerró al fin la puerta, dobló cuidadosamente el abrigo sobre su antebrazo, sostuvo el bolso con la otra mano y se dejó embriagar por el aroma del café. Sus zapatos de tacón mojados resonaron sobre la tarima. En la estancia umbría de ventanas empañadas y decorada con viejos carteles de cine sobre el papel de la pared sólo había dos mesas ocupadas, lo que al cabo resultaba previsible con el frío y la lluvia. En una, un señor al que no conocía, extrañamente vestido con una levita pasada de moda y unos anteojos que acentuaban los estragos de su alopecia, tomaba notas en un cuaderno junto a una humeante taza de té. En la otra, el señor y la señora Fantin cumplían con la liturgia diaria de su merienda a base de café, pastas de almendra y bollos de canela a la vez que discutían a boca llena sobre las pésimas calificaciones del hijo mayor de los Bourdeu, con todo el énfasis que podía permitirse un matrimonio al que Dios no había dado descendencia a la hora de criticar las aptitudes paternales ajenas. En la barra, el señor Lagarde frotaba con su bayeta un vaso como si hubiera querido sacarle brillo mientras saludaba con una ligera inclinación de cabeza y la mejor de sus sonrisas bajo su abultado bigote cano a la recién llegada, que, tras responder con la misma cortesía al anfitrión, pero sin ocultar un ligero gesto de decepción, optó por una mesa lo suficientemente retirada, aunque a cambio se encontrara mucho más próxima de lo deseable a los aseos. Nada más dejar su abrigo en el respaldo de una silla y tomar asiento en otra, consultó su reloj de pulsera. Las siete y cinco. No estaba mal para una mujer de treinta años que habría preferido no tener que escoger mesa y que por eso había calculado los tiempos con el fin de retrasarse exactamente cinco minutos. Se cruzó de piernas, dejó el bolso sobre la mesa y extrajo del mismo un espejito con el que comprobó una vez más la calidad del maquillaje. A apenas diez metros, el televisor de bobina alojado sobre la tarima estaba encendido al volumen apropiado. Las noticias se sucedían ante el desinterés manifiesto de los presentes: el ministro de Sanidad se enfrentaba a un polémico juicio por corrupción, pero más allá de las servidumbres habituales nada parecía merecer una atención excesiva. Sin dejar pasar mucho más que los segundos de cortesía, el señor Lagarde se dirigió a la mujer desde la barra apenas terminado de secar el último cubierto:

– Buenas tardes, señorita Guillot. ¿Tomará lo de siempre?

– Buenas tardes, señor Lagarde. Sí, pero aguarde todavía un poco, si no le importa. Esta tarde espero compañía.

– Por supuesto.

Volvió a mirar su reloj. Seguían siendo las siete y cinco. Las agujas apenas se habían movido, pero comprendió que había llegado el momento de convencerse a sí misma de que no importaba, de que no pasaba nada, de que en una tarde como ésta los retrasos eran inevitables. Justo la tarea que tanto detestaba. Si ella había logrado llegar justo a la hora prevista, cinco minutos después de lo acordado, ni más ni menos, ¿por qué no iba a poder hacerlo cualquier otro? ¿Sólo por un chaparrón, una tormenta más a estas alturas del otoño? Tenía que distraerse antes de que aquella lucha que empezaba a cernirse en su cabeza llegara a perturbarla demasiado: si algo odiaba más todavía era tener que darle la razón a su madre cuando le recomendaba que no se dejara llevar con tanta facilidad por sus malos augurios. Se levantó y se acercó al revistero que el señor Lagarde tenía habilitado junto a la barra. Se decantó sin apenas mirar por una revista de moda que distaba mucho de ser el último número y regresó a su mesa. Se sentó por segunda vez y percibió en las yemas de sus dedos las arrugas y dobleces del papel satinado. Imaginó todas las manos que se habían posado allí antes, que habían pasado las páginas con mayor o menor aburrimiento, que habían dejado la publicación distraídamente sobre cualquier superficie mojada, que habían volcado el café encima sin querer, que habían roto sus esquinas y mermado sus pliegues, en una erosión implacable; se preguntó por los traseros que se habían sentado involuntariamente encima, las salivas depositadas sobre las fotografías, las pestañas, motas de caspa y demás fragmentos desprendidos que habían quedado atrapados en aquel magma impreso que hojeó con desgana. Le irritaban las modelos famélicas, los diseños imposibles, la banalidad de los artículos, el paternalismo de los consejos de belleza. Sólo quería que pasara el tiempo, más rápido, menos consciente. Volvió a mirar el reloj: las siete y nueve minutos. Cerró la revista sobre su regazo y decidió darse por vencida ante el aroma irresistible que exhalaba la cafetera. En el informativo, un equipo de fútbol de primera división había confirmado un fichaje millonario.

– Disculpe, señor Lagarde. Con mucho gusto tomaría ahora un café solo.

– Por supuesto, señorita Guillot. Marchando.

Apenas dos minutos después estaba la taza humeante sobre la mesa, blanca y sencilla como el humilde platillo que la sostenía. La mujer abrió el sobrecillo rojo de azúcar y vertió el contenido en el café. Tomó después la cucharilla metálica y, nada más introducirla, tuvo la impresión de que el tintineo sonaba como un estrépito. Pensaba ya en lo que diría, disculpa, como tardabas pedí un café mientras te esperaba, o quizá le convenía no ser tan directa, pero por supuesto tomaré otro contigo encantada. Eso, en el caso de que se presentara. El rumor de la cucharilla en la bebida le resultó ahora amable, evocador de ciertos momentos no muy remotos y sin embargo ya irremediablemente lejanos. Al escucharlo se sentía menos sola, pero cayó en la cuenta de que los Fantin observaban sin perder detalle cómo removía una y otra vez el azúcar con la mirada extraviada. Lo último que le apetecía era parecerles una tarada de cabeza ida. Sacó la cucharilla, se acercó la taza ardiente a los labios y dio un primer sorbo.

Algunos minutos más tarde, la puerta se abrió de repente. El avisador tubular sonó frenético, como si hubiese entrado un húsar a caballo. El corazón se encabritó en el pecho de la señorita Guillot y a punto estuvo de expulsar aquel primer sorbo por la nariz. Pero el nuevo cliente no era quien ella esperaba. Se trataba del señor Dargaud, el profesor, orondo y radiante a cuenta de su reciente jubilación. Colgó el sombrero y la bufanda en el perchero y se acercó a la barra, donde ocupó un taburete. No llevaba paraguas, así que su rebeca de lana y sus pantalones de pana estaban empapados. Pero no parecía importarle, desde luego. Se frotó las manos, hizo un gesto clarificador con su dedo pulgar mientras brindaba su enorme sonrisa y Lagarde procedió a llenarle la primera copa de anís. De inmediato comenzaron a analizar el último partido del equipo local, la nefasta actuación del árbitro, la conveniencia de buscar otro entrenador, la maldita mala suerte. En apenas otros tres sorbos, sentada en su mesa, la mujer terminó el café, enfriado sin remedio. Sin saber a dónde mirar, perdidas las ganas de volver a repasar la revista, perfiló en su mente resignada la alternativa para aquella tarde: pijama, sofá, chocolate caliente y el mismo libro interminable, o tal vez alguna película interesante en el canal romántico. Nada de documentales. Fuera, la lluvia seguía cayendo con fuerza.

Dargaud y Lagarde continuaban su conversación hasta que el primero, de pronto, pidió al segundo un poco de silencio con otro gesto explícito, esta vez con la mano extendida. El informativo empezaba a emitir una noticia de su interés. Algo relacionado con la misión espacial que estaba teniendo lugar en un remoto planeta, a miles de millones de kilómetros, adonde un robot explorador había sido enviado en el interior de una cápsula. Un periodista aportaba los últimos datos: “Después de quince meses de investigación, la agencia espacial ha dado la misión por concluida. Los testimonios hallados sobre la antigua civilización que habitó una vez el planeta son cuantiosos, pero insuficientes para aclarar las causas concretas de su extinción más allá del desastre climatológico que tuvo lugar hace cerca de tres mil años. Dentro de dos semanas, el robot WIX se apagará sobre la superficie desértica para no volver a despertar”.

– Dicen que hace mucho tiempo ese planeta se veía desde el espacio como un punto de color azul pálido. Ahora no es más que un pedrusco gris – dijo Dargaud de vuelta a su conversación con Lagarde.

– La verdad, no me creo nada de eso. Nos toman por bobos – respondió el camarero.

– Yo no sería tan escéptico. Parece que quienes vivieron una vez allí alcanzaron un desarrollo tecnológico que nosotros no podemos ni imaginar. Y que fue ese mismo desarrollo el que acabó con ellos.

– Ya lo ve, señor Dargaud. Es mejor no ser demasiado ambiciosos.

– Tal vez, pero no dejo de pensar en todo lo que podrían habernos enseñado si hubiéramos dado con ellos cuando aún estaban. Podrían haber sido nuestros amigos, nuestros aliados. Quién sabe las enfermedades que nos habrían ayudado a curar, los viajes que podríamos haber emprendido gracias a ellos. Los científicos han descubierto que se hacían llamar a sí mismos seres humanos, ¿sabe usted? Nadie sabe qué significa eso, pero a mí no me suena mal del todo. Debían ser muy distintos de nosotros, pero quién sabe. Quién sabe…

La mujer miró su reloj de pulsera por última vez y suspiró. No tenía sentido seguir esperando.

6. La letra pequeña

El encargado del laboratorio me confirmó que el trabajo estaba bien hecho. Pero yo no estaba todavía tan seguro. Ni siquiera los aplausos de mis compañeros cuando la eficacia de la cadena biológica quedó demostrada llegaron a tranquilizarme del todo. Me preocupaban los accidentes, los ínfimos, los impredecibles, los pequeños cables sueltos que a menudo terminan arrastrando el proceso hacia orillas indeseables. Nuestra ciencia se sostenía en leyes inmutables pero, a la vez, frágiles y volátiles; tanto, que la letra pequeña podía llegar a significar tanto o más que las conclusiones decisivas. En la teoría, habíamos aprendido a admitir la paradoja; en la práctica, sin embargo, las consecuencias secundarias adquirían de vez en cuando un rango mayor que las directrices primarias, y esto nos dejaba a merced de los dolores de cabeza, las noches de insomnio, los presupuestos malgastados y la más honda frustración. Poco a poco, no obstante, conforme pasaba el tiempo y el experimento se ajustaba a los cauces previstos, pude respirar con más sosiego y hacerme a la idea de que todo había salido bien. La letra pequeña se había limitado a ocupar el lugar que le correspondía y el relato que teníamos ante nuestros ojos era justo el que yo había perseguido. Padre había optado por el metano como principio activo y encontró la atmósfera idónea en aquella luna inhóspita que orbitaba alrededor de nuestro planeta predilecto, el del cinturón de asteroides; y cuando los primeros gusanos comenzaron a contorsionarse sobre el suelo, el estallido de júbilo fue unánime entre nosotros. Después presenté mi propuesta, que escogía el carbono como base fundamental, así que los tutores se apresuraron a enviarme listados de planetas y satélites potencialmente óptimos a tenor de la distancia de las respectivas estrellas y las combinaciones de oxígeno y nitrógeno en sus atmósferas. Pero habían llegado tarde: yo ya había puesto mis ojos en aquel prodigioso huevo azul del mismo sistema solar. No faltaron entre los maestros quienes me señalaban soluciones a priori más duraderas, aunque mi determinación llegó a ser absoluta. Cuando prendieron los primeros aminoácidos y las formas orgánicas empezaron a distribuirse en la variedad de la que dieron cuenta después los informes se terminaron de disipar las dudas sobre el carbono. A pesar de mi prudencia, todos me felicitaron. Hasta que al final convine, satisfecho, en que sí, había hecho un buen trabajo.

El problema es que nunca sabes cuándo va a empezar a ganar terreno la letra pequeña. Algunos días después me senté a calibrar las primeras tangentes relativas a la evolución de las especies mientras reparaba, a tenor de los registros de rotación y traslación, en que las formas dotadas de suficiente inteligencia, si es que llegaba a fecundarse alguna, contarían por millones de años lo que sobre la mesa del laboratorio transcurría en apenas unos minutos. Y ya entonces me fijé en aquella variedad de homínido que se había consolidado con tan notable expansión sobre las competidoras. Observé que un ejemplar acababa con la vida de otro a base de golpes propinados con una roca contra su cráneo ya maltrecho, y que no lo hacía para procurarse alimentación: al contrario, dejó el cuerpo del adversario tirado a la orilla de aquel río sin probar bocado. Entonces despertaron en mí oscuros vaticinios que no tardaron en cumplirse: la especie en cuestión se desarrolló en todo el huevo azul con un afán tan multiplicador como destructor, hasta el punto de que borró de un plumazo las condiciones atmosféricas por las que yo había escogido aquel planeta para mi experimento. Intenté mantener este caos fuera de la vista de los tutores, pero todo fue en vano. Tras la última evaluación, me vi obligado a eliminar del huevo todo rastro de vida, hasta la última molécula, y a empezar de nuevo en otro sitio. Esta vez he hecho caso a mis mayores y he escogido otro planeta a una distancia de tres estrellas en dirección al centro de la galaxia. Mañana empiezo las pruebas. Deséenme suerte.

5. Número y mensaje

Gonçalo M. Tavares.
Gonçalo M. Tavares.

Leo los maravillosos poemas de Gonçalo M. Tavares. Los disfruto todos (habría que divulgar con urgencia y a la altura la poesía de Tavares en lengua española, tal y como se ha hecho con sus novelas) pero uno llama especialmente mi atención. Se titula El mapa. Reproduzco a continuación un fragmento (1. Relógio D’Água Editores. Lisboa, 2011. La traducción del portugués es de un servidor):

 

(…) la matemática es esto: un

mundo donde entro para sentirme excluido;

para percibir, en el fondo, que el lenguaje, en relación

con los números y sus cálculos, es un sistema,

al mismo tiempo, millonario y mendigo. Escribir

no es más inteligente que resolver una ecuación;

¿por qué opté por escribir? No lo sé. O tal vez lo sepa:

entre la posibilidad de acertar mucho, existente

en la matemática, y la posibilidad de errar mucho,

que existe en la escritura (errar de errancia, de caminar

más o menos sin meta) opté instintivamente

por la segunda. Escribo porque perdí el mapa.

 

Lo que llama mi atención es, claro, la asociación que hace Tavares con, por una parte, la matemática y el acierto, y, por otra, la escritura (que cabe entender como escritura literaria; en todo caso, sustentada en ese lenguaje que es a la vez millonario y mendigo) y el error. Respecto a la materia a la que se refiere Tavares con el acierto y el error, seguramente habría mucha tela que cortar, pero podemos admitir la posibilidad de comunicar, de decir lo que queremos decir, incluso de significar, siempre bajo la premisa de Beckett: signifique quien pueda. Y, a priori, resulta difícil resistirse a la idea de que la matemática, ya sea desde el álgebra o la geometría, permite siempre establecer una comunicación más precisa, un significado más concreto, que el lenguaje verbal. En una reciente conferencia sobre, precisamente, Samuel Beckett, escuché a Jenaro Talens hablar sobre el elemento inconsciente del lenguaje, que nos precede a la hora de comunicarnos y que nos conduce a establecer relaciones entre ideas y términos fuera de nuestra capacidad de decisión, lo que nos lleva a incurrir en imprecisiones y hasta en errores ya sólo a la hora de decir lo evidente (Beckett, apuntaba Talens, resolvió el problema adoptando el francés para su escritura, ya que cuando nos expresamos en una lengua distinta de la materna el control consciente supera el elemento inconsciente, si bien el truco le duró al irlandés lo que le duró); esta intervención del inconsciente (manifestada a menudo en esa proverbial calidez de la escritura llamada errata) no tiene lugar en la precisa formulación matemática, donde no caben dos interpretaciones distintas para un mismo fenómeno. En una conversación harto ilustrativa, el catedrático de Ciencia Computacional de la Universidad de Málaga Francisco Vico me contaba que el principal escollo al que se enfrenta el desarrollo de la inteligencia artificial en el presente es la mimesis del lenguaje humano, ya que, frente a la pulcritud y predictibilidad del algoritmo, este lenguaje, en el que se sustenta la escritura, se parece “a una carretera llena de baches, y nunca sabemos cuándo va a aparecer el siguiente”. Entiendo que este símil de la carretera llena de baches se corresponde con el carácter inconsciente del lenguaje al que hacía referencia Talens. De este modo, la doble relación que establece Tavares parece quedar fuera de duda. Sin embargo, hay otra evidencia que viene dada por los propios límites de la matemática a la hora de comprender y manifestar la realidad. Existen determinados desajustes en los que esa suerte de tendencia natural al acierto no se da, o al menos no disponemos de medios suficientes para comprobar si se da o no. Pienso en los números irracionales y, sobre todo, los números imaginarios, que según Leibniz se situaban “entre el ser y la nada”. Es decir, un limbo en el que la mera idea de significar ya significa algo completamente distinto. Para los matemáticos más entusiastas, que el ser humano haya sido capaz de idear los números imaginarios implica, necesariamente, la existencia de un mundo distinto al nuestro en el que estos números tienen sentido. Hasta que un argumento semejante quede demostrado, sospecho que también la matemática podrá conducirnos a la incertidumbre y el error. Con la misma determinación del lenguaje.

Con motivo de la publicación de su ensayo Teoría general de la basura (Galaxia Gutenberg,  Barcelona, 2018), tuve la ocasión de preguntar por este asunto en una entrevista al escritor Agustín Fernández Mallo (quien por cierto es físico, como Gonçalo M. Tavares) y recibí una respuesta harto interesante: “No creo que las diferencias entre el lenguaje verbal y el matemático sean tan claras. El lenguaje matemático también tiene sus metáforas. Es más, en sí mismo el lenguaje matemático es una metáfora. La ecuación de una recta es una metáfora de una línea recta que podemos trazar en una pizarra, y al revés. Si atendemos al hecho de que la construcción de la cultura es un fenómeno complejo, esa complejidad nos dice que todo lenguaje es metafórico. También el matemático”. Fernández Mallo rechazaba cualquier presunción de perfección e imperfección en relación al lenguaje y las matemáticas (“Eso es una aporía del siglo pasado”), pero, en cualquier caso, el reconocimiento de la metáfora en la matemática podría contribuir a matizar, cuanto menos, la propiedad inclinada al acierto a la hora de formular un mensaje que señala Tavares. El argumento de Fernández Mallo presenta también una respuesta a Wittgenstein cuando éste muestra sus recelos hacia la matemática en particular y la ciencia en general (un recelo que en sus aforismos llega a ser virulento y que, la verdad, todavía me resulta sorprendente) al encontrar en ellas un molde demasiado cerrado y, digamos, mecánico, para la experiencia humana. La metáfora es siempre el desplazamiento entre dos términos, pero precisamente la razón de ser de esta figura es que la identidad de al menos uno de estos dos términos queda oculta, ensombrecida, sin que necesariamente deba ser desvelada para que la interpretación del mensaje sea posible; y, en este sentido, la matemática, si acepta la metáfora y si en sí misma es tal, quizá pueda ofrecernos un contexto capaz de comunicar y articular la experiencia humana sin dejar a un lado cuanto de irracional hay en la misma. Que la matemática sea un lenguaje más preciso que el verbal no significa que no sea tan capaz, o incluso más, de albergar este elemento irracional y ofrecer así un espejo completo a la experiencia. Justamente, donde los términos permanecen ensombrecidos dentro de la metáfora sin que haya necesidad de contrastarlos, de conducirlos de lo irreal a lo real, es en la poesía y en la matemática. Ambas comparten un vínculo estrecho, fértil y mutante.

Un número imaginario.
Un número imaginario.

En esta coyuntura resulta altamente estimulante la lectura del matemático italiano Paolo Zellini, autor de la celebérrima Breve historia del infinito. Como buen pitagórico, Zellini traslada la cuestión sobre la matemática como metáfora al logos, seguramente el concepto de mayor densidad metafórica jamás alumbrado. En su particular viaje a los orígenes del pensamiento, el autor sitúa en el mismo al recuento, el ejercicio de contar, reservado en el mito a los dioses (Proteo contaba  sus focas siempre de cinco en cinco) y, en la transición al logos, depositado ya en manos de los hombres como mecanismo conformador de la experiencia. En esa transición, el número y el nombre, embriones de lo que luego serían la matemática y el lenguaje, funcionan como dos caras de una misma moneda: “Número y nombre tenían y inicialmente una tarea semejante, la de designar, singularizar, elegir y reunir en una sola trabazón una multiplicidad de seres separados. El número tenía entonces una función semejante a la de ‘denominación generalizada’ que Foucault situaba en el origen de la palabra, un nombrar que no se parece en absoluto a la posterior forma proposicional, predicativa, en que supuestamente debe articularse todo lenguaje” (Número y logos. Acantilado, Barcelona, 2018. Traducción de Juan Díaz de Atauri). El mismo Heidegger, recuerda Zellini, considera esta forma predicativa un signo de la “devastación” del lenguaje. La “denominación generalizada” de Foucault se corresponde con la idea, también sostenida por Zellini, de que todos los números tienden al uno, lo que trasluce especialmente en el recuento: contar fue una primera manera de nombrar, y por tanto de comunicar, de hacer reconocible la experiencia para después compartirla, pero no ha dejado de serlo. “Que la verdad matemática tenga su fundamento en la lógica o, alternativamente, en cualquier tipo de discurso racional, es hoy una tesis difícilmente sostenible, aun para quienes hayan heredado y perfeccionado todas sus implicaciones y todas sus finuras analíticas. Merece la pena preguntarse, por el contrario, si no será precisamente el discurso (el razonamiento que se expresa mediante una combinación coherente de palabras) el que deba modelarse sobre la base de construcciones y conceptos matemáticos”, añade Zellini, quien con esta cita ofrece más un diagnóstico o una lectura de la historia de las ideas que una advertencia intelectual. En La matemática de los dioses y los algoritmos de los hombres (Siruela, Madrid, 2018. Traducción de Mercedes Corral), el italiano recuerda, por ejemplo, cómo la filosofía se ha valido de las fórmulas matemáticas para dar coherencia a sus discursos, ya desde el propio asunto del alma que Pitágoras había asociado al número: la antanaíresis que designaba el método de búsqueda del máximo común divisor de dos números (el algoritmo de Euclides) sirvió a los estoicos para “designar la sabiduría visionaria” y a Hegel para unir “dos movimientos complementarios de la dialéctica, eliminar y conservar”. En consecuencia, y de vuelta a Número y logos, “la separación del logos matemático (en el sentido más técnico de medida o razón) de la esfera del lenguaje y de la palabra es una de las causas de la moderna separación entre saber humanístico y saber científico. En la tradición griega, la razón era un tipo de correspondencia entre magnitudes de la que dependían la unidad en lo múltiple, la salud y la justicia, los principios de la ética y cualquier discurso sobre las transformaciones o los cambios mensurables. De la definición de razón dependía precisamente la posibilidad de resolver la división entre magnitudes en un proceso de operaciones ordenado, en el que (como quería Platón) se multiplica el uno en vez de fraccionarse”.

Seguramente no hay revelación más humana que la que nos permite hallar la misma errancia en la matemática. Por más que el recuento inspire en nosotros cierta confianza, también podemos perder el mapa para viajar en estas latitudes. Y encontrar, mano a mano con el lenguaje, una representación amplia, compleja, paradójica, imprevisible e integral de lo humano.

4. Edipo en el Big Bang

Robert Coleby, en el papel de Hamm en 'Fin de partida', de Samuel Beckett.
Robert Coleby, en el papel de Hamm en ‘Fin de partida’, de Samuel Beckett.

Con permiso de los entusiastas de la conquista de Marte, la iniciativa de la que más éxitos podemos esperar respecto a un mayor conocimiento del Universo en los próximos años es la que comparten los observatorios de ondas gravitacionales incluidos en el proyecto LIGO. Desde el reciente primer registro de estas ondas, la posibilidad de estudiar y cartografiar el Cosmos sin necesidad de luz, con un alcance que, según los planes previstos, podría llevarnos incluso al segundo posterior al Big Bang, ha abierto puertas y expectativas que directamente sitúan la misma acción observadora del ser humano en una posición trascendental. Que una tecnología lo suficientemente sensible para detectar las ondas gravitacionales que predijo Einstein sea una realidad debería bastar, igualmente, para intuir (cuanto menos) a dónde puede conducirnos el conocimiento científico que la especie es capaz de alumbrar en el siglo XXI, aunque, lamentablemente, la distancia entre la opinión pública y este mismo conocimiento parezca irreductible (lo que podría deberse, en parte, a la abstracción con la que ese mismo conocimiento se ha visto obligado a formularse). Lo curioso es que la localización de objetos y fenómenos estelares sin necesidad de luz responde a una frustración: la que acarreó el siglo pasado la revelación de que el 84% del Universo está formado por materia y energía oscura, elementos que permanecen así fuera de nuestra vista y que no podemos distinguir. En su momento, la más precisa definición del Cosmos nos convirtió en criaturas ciegas bajo una premisa fundamental: no podemos ver el Universo. Sólo apenas una fracción del mismo, el 16% que sí cuenta con la ventaja de la iluminación. La respuesta a esta frustración vino con la consideración de que Einstein podía tener razón en el plano físico, no sólo en el matemático, cuando sostuvo que los cuerpos emiten ondas extraordinariamente débiles derivadas de su actividad gravitatoria. Si los seres humanos somos exploradores por naturaleza, hasta ahora únicamente hemos podido hacer nuestro trabajo como topos que excavan sus madrigueras bajo tierra; desde hace apenas tres años, disponemos de una herramienta que nos permite salir a la superficie y conocer el mundo exterior aunque no podamos verlo. Y a poco que recapacitemos en todo esto sólo podemos aceptar la evidencia de la ceguera por cuanto es mucho más lo que no podemos ver que lo que sí se acrecienta, por más que acudan en nuestras ayuda alternativas tan insospechadas como la gravedad y las huellas que su mecánica deja en el espacio.

Si decidiéramos jugar en el tablero filosófico, las ondas gravitacionales podrían servir como llaves que abrieran las cadenas de los esclavos hacinados en la caverna platónica, donde únicamente perciben la realidad a través de las sombras. Eso sí, la llave no es un foco: fuera de la caverna tampoco podríamos ver la realidad tal cual, pero sí al menos advertir la presencia de elementos que hasta entonces habrían permanecido ocultos. Podremos definir estos elementos invisibles (como agujeros negros, planetas errantes y estrellas enanas), representarlos, recrearlos e incluso fotografiarlos a través de sus figuraciones matemáticas, pero nunca verlos. Y esto sólo en lo relativo a la materia oscura, con la que se corresponden estos elementos y que constituye únicamente el 23% de ese 84% invisible del Universo: el 77% restante está formado en su totalidad por energía oscura, mucho más impredecible y cuya percepción es, en consecuencia, más remota. El descubrimiento de las ondas gravitacionales no nos hace menos ciegos aunque nos permita localizar elementos y sucesos en cuya existencia únicamente podíamos confiar hasta ahora por obra y gracia de las leyes de la Física, pero sí nos ayuda a comprender la dimensión de nuestra ceguera, hasta qué punto desconocemos la realidad y, lo que resulta más determinante, hasta qué punto no podemos conocerla. Pero encontramos algo todavía más conmovedor: la constatación por parte del conocimiento científico de que la sospecha, tan antigua seguramente como la propia humanidad, de que somos seres ciegos, de que no vemos, o de que vemos sólo en parte, o de que lo que vemos no se corresponde con la realidad, es cierta de manera clara y distinta. La desconfianza cartesiana hacia los sentidos no sólo se ve justificada: resultaría difícil señalar una norma superior para la existencia. La sospecha ha ejercido una presencia constante en la historia de la cultura, desde los orígenes del arte hasta las diversas formas de la abstracción, desde la consagración nietzscheana de la música como único logos posible (por tratarse, ciertamente, de la expresión humana más abstracta y por tanto más consecuente con la asunción del ser humano como una institución ciega) hasta los diversos ismos que cundieron después de la Segunda Guerra Mundial. Si la advertencia de Adorno respecto a la escritura poética después de Auschwitz se revestía de un tono esencialmente moral, desde mucho antes se venía aceptando que la misma escritura no es más que un palo de ciego. Buena parte de la producción literaria de la Edad Media, de Hildegarda de Binden a Maimónides pasando por Ramón Llull, descansa precisamente sobre esta idea, una corriente que alcanzó posteriormente su más elevada manifestación en San Juan de la Cruz.

La atención brindada desde la creación literaria a esta tara es múltiple, diversa y transversal, hasta el punto de traspasar toda la literatura misma. Pero nos contentaremos, por ahora, con tres modelos fundamentales. De entrada, no hay arquetipo más efectivo para la ceguera que el clásico Edipo, pero, si bien la personificación más extendida es la del Edipo Rey de Sófocles, cabe subrayar el modo en que la posterior lectura de la tragedia que Séneca afirmó en su Edipo se ajusta a la premisa de que el protagonista ya era un ser ciego antes de que se arrancara los ojos. Al igual que en Sófocles, el Edipo de Séneca adquiere la absoluta condición de ciego llevado por el horror tras la revelación de su abominable crimen y de su relación incestuosa; pero si en Sófocles hay una distinción radical entre lo oculto y lo manifiesto, entre lo invisible y lo exhibido, en Séneca predomina la confusión, la incertidumbre, la imposibilidad de discernir plenamente entre lo uno y lo otro. Esta impresión queda reforzada con la intervención de otro ciego, Tiresias, cuya adivinación es en Séneca misteriosa y enigmática, como la expresión de una humanidad llevada al límite  bajo la certeza, terrible, de que no podemos contar todo lo que puede ser contado: “¿Qué podría decir yo, perdido en la turbación de mi mente atónita? ¿Qué palabras diré? Hay una desgracia siniestra, pero oculta. La ira de los dioses suele manifestarse con señales precisas: ¿qué es esto que quieren que se revele y luego no quieren?” [Séneca. Tragedias completas. Traducción y edición de Leonor Pérez Gómez. Cátedra, 2012]. Era necesaria, seguramente, la transición al mundo latino para que el sometimiento de la lógica al destino adquiriera la hechura precisa e inconfundible de un ojo ciego, donde la intuición encuentra fronteras tan rigurosas, en lugar de una convicción religiosa sobre la pre-escritura de los acontecimientos.

Recreación de ondas gravitacionales.
Recreación de ondas gravitacionales.

Shakespeare abordó la ceguera como representación fidedigna de la esperanza en la conocida escena de su Rey Lear en la que Gloucester, víctima del abuso a manos del poder político que ha decidido sacarle los ojos como castigo a su insolencia, asciende por una montaña hasta la elevada cima ayudado por un mendigo que no es otro que Edgar, su hijo despechado y legítimo, cuya identidad sin embargo desconoce. Gloucester ha requerido al que cree mendigo que le conduzca hasta la cumbre para arrojarse al vacío, derrotado por un mundo en el que reina la injusticia y del que ya no se siente parte. Edgar, a quien Gloucester considera un traidor por el engaño de su otro hijo, el pérfido Edmond, finge que cumple la tarea, cuando en realidad conduce a su padre por una superficie de escasa altura. En esta recreación de un universo en el que “los locos guían a los ciegos”, Shakespeare logra una desoladora y eficaz definición del ser humano como criatura ciega, incapaz de ver y por tanto de albergar la condición que de otra manera le correspondería: en Rey Lear, todos los personajes actúan como entes desposeídos, como presencias taradas e incompletas que buscan sin éxito la porción, el sentido, la emoción que les falta y podría completarlos; pero es en Gloucester donde esta disposición cristaliza con mayor eficacia: “¡No tengo ojos, ay! / ¿Se priva a la desgracia / del beneficio de extinguirse con la muerte? / Aún había consuelo / cuando la pena se burlaba / del odio del tirano y lograba frustrar / su voluntad soberbia” [William Shakespeare. El rey Lear. Edición y versión de Andreu Jaume. Penguin, 2016]. Como en Edipo, la ceguera incorporada  mediante la violencia aporta el aprendizaje de una verdad insobornable: no podemos ver, ni conocer. En esta coyuntura, la esperanza se convierte en una condena insoportable.

A partir de Shakespeare, quien construye la versión definitiva de la ceguera como dimensión precisa de la naturaleza humana es Samuel Beckett a través de Hamm, el personaje de Fin de partida. Su testimonio no deja muchas dudas al respecto: “Un día te quedarás ciego. Como yo. Estarás sentado en cualquier lugar, pequeña plenitud perdida en el vacío, para siempre, en la oscuridad. Como yo. Un día te dirás: Estoy cansado, voy a sentarme, y te sentarás. Luego te dirás: Tengo hambre, voy a levantarme y a prepararme la comida. Pero no te levantarás. Te dirás: No debí sentarme pero ya que esto sentado me quedaré sentado un poco más, luego me levantaré y me prepararé la comida. Pero no te levantarás y no te harás la comida. Mirarás un rato a la pared y luego te dirás: Voy a cerrar los ojos, quizá duerma un poco, luego todo irá mejor, y los cerrarás. Y cuando los vuelvas a abrir la pared habrá dejado de existir. La infinitud del vacío te rodeará, los muertos de todos los tiempos, resucitados, no lo llenarán, y serán como una piedrecita en medio de la estepa. Sí, un día sabrás lo que es esto, serás como yo, sólo que tú no tendrás a nadie, porque tú no habrás tenido piedad de nadie y ya no habrá nadie de quien tener piedad” [Samuel Beckett. Teatro completo. Traducción de Ana Mª Moix. Tusquets, 2006]. Esperamos, así, sentados, dormidos, conocer lo que las ondas gravitacionales tengan que decir de nosotros.

3. Tiempo físico, reloj narrativo

'La llegada', de Denis Villeneuve.
‘La llegada’, de Denis Villeneuve.

Desde Jorge Luis Borges, el autor de ficción que mejor ha escrito sobre el tiempo es, tal vez, el estadounidense Ted Chiang (Port Jefferson, Nueva York, 1967). En su relato La historia de tu vida (incluido en La historia de tu vida. Alamut, Madrid, 2004. Traducción de Luis G. Prado), que adaptó el cineasta Denis Villeneuve en 2016 con su película La llegada, Chiang imaginaba la posibilidad de que la conciencia humana abarcase la magnitud del tiempo en una dimensión real, en toda su amplitud, en lugar de una mera sucesión lineal de causas y efectos, a través del aprendizaje de un lenguaje extraterrestre construido a base de semagramas (ideogramas aptos para escrituras logográficas). Este lenguaje, con el que Chiang actualizaba de manera portentosa el argumento de Ludwig Wittgenstein por el que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, cumplía una función reparadora que permitía a la protagonista del relato comprender la verdadera naturaleza del tiempo, la misma que, de momento, únicamente podemos intuir a tenor de la información recibida del mundo cuántico y el mundo cósmico. Apuntaba Chiang en sus notas a La historia de tu vida un paralelismo con un texto aportado por Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) a la edición conmemorativa del 25 aniversario de su novela Matadero 5 que, por su carácter conmovedor y clarificador, merece ser reproducido aquí en su integridad: “Stephen Hawking (…) encontró intrigante la idea de que no podamos recordar el futuro. Pero recordar el futuro es para mí ahora un juego de niños. Sé lo que será de mis bebés inermes y confiados porque ahora son adultos. Sé cómo acabarán mis amigos más íntimos porque ahora muchos de ellos están jubilados o muertos. A Stephen Hawking y a todos los que son más jóvenes que yo les digo: sed pacientes. Vuestro futuro vendrá a vosotros y se tumbará a vuestros pies como un perro que os conoce y os quiere seáis quienes seáis”.

El segundo y último volumen de relatos de Ted Chiang, Exhalation, de muy reciente publicación (Alfred A. Knopf, Nueva York, 2019), contiene un cuento titulado El mercader y la puerta del alquimista que establece un singular diálogo con La historia de tu vida. Aquí, un comerciante de la Bagdad medieval conoce a un alquimista que parece haber descubierto el secreto para viajar en el tiempo. El alquimista construye una puerta por la que se puede acceder al mundo futuro, pero el mercader le manifiesta su intención de viajar al pasado para evitar una catástrofe que sumió su existencia en la más profunda e irreparable tristeza. Sin embargo, dado que la puerta es de muy reciente construcción, únicamente es posible retroceder en el tiempo unos cuantos días, aunque el alquimista revela al mercader la existencia de otra puerta en El Cairo que construyó hace veinte años y que, por tanto, sí le permitiría desplazarse al momento exacto del pasado al que desea volver, aunque para ello tendrá que trasladarse primero a El Cairo y después, una vez efectuado el viaje en el tiempo, regresar a Bagdad en el mundo pretérito. En sus notas sobre el relato, Chiang, que recrea aquí la técnica narrativa en red de Las mil y una noches, alude a una conferencia pronunciada por Kip Thorne a mediados de los 90 en la que el físico apuntaba la posibilidad de crear una máquina del tiempo de acuerdo con la Teoría de la Relatividad de Einstein. Semejante máquina no sería tal, sino que se parecería más a una puerta (sí, yo también me acordé al leer el comentario de Chiang de la puerta mágica de Doraemon, que por cierto nunca podría servir para viajar sólo en el espacio, sino también, inevitablemente, en el tiempo; pero mejor obviaremos este detalle, al menos por ahora) y, en todo caso, sus usuarios nunca podrían utilizarla para cambiar el pasado (ni el futuro), pero sí, como le sucede al protagonista de El mercader y la puerta del alquimista, comprenderlo.

Kurt Vonnegut.
Kurt Vonnegut.

En ambos relatos de Ted Chiang se da, por tanto, un aprendizaje, lo que delata que nuestra posición habitual respecto al tiempo nos mantiene en una notable ignorancia. Bajo su percepción común, el tiempo nos oculta abundante información sobre sí mismo y, en consecuencia, sobre nosotros. Ni nuestro cerebro ni nuestra experiencia nos permiten asimilar de manera natural la idea de que tiempo y espacio son los ingredientes del tejido esencial de la realidad, el espacio-tiempo, en cuyas células se insertan todos los eventos de la misma realidad siempre en mutua relación. Sólo podemos acceder a esta noción, desde Einstein, a través de la abstracción matemática: en nuestra vida cotidiana el tiempo no se percibe como una relación, sino como una sucesión de episodios, en virtud de una línea de continuidad concebida con un principio, un desarrollo y un final. Y es bien sabido que, especialmente en su faceta narrativa, la creación literaria se ha asentado en este mismo y rudimentario esquema. Las novelas, por ejemplo, se articulan a tenor de un planteamiento, un nudo y un desenlace porque ésta es, o parece ser, la percepción del tiempo que tiene el lector, con lo que, presumiblemente, incorporará la historia narrada a su criterio con mayor facilidad. Sin embargo, cabe destacar que también la misma narrativa, así como (muy especialmente) la poesía, se han planteado a menudo como una respuesta o una resistencia contra la limitación de la experiencia que impone el tiempo; como una invitación, incluso, a la superación de ese límite mediante la manipulación del tiempo a través de la palabra. El primer ejemplo obligado es el Quijote: Cervantes inventa la novela moderna al concebir un artefacto literario dotado de un tiempo propio, que ya no imita sin más la sucesión de acontecimientos sino que crea, a su modo, un enlazamiento temporal inédito hasta entonces entre los distintos planos narrativos puestos en juego. Pero, aunque su disposición parezca conformarse con la más reconocible mimesis temporal, ¿no es Guerra y paz de Tolstoi un intento casi desesperado de abarcar todo el tiempo, de instaurar en el lector una percepción real, y no tanto secuencial, aunque así lo parezca, de los acontecimientos como si todo lo contado se mostrase en una relación perfecta, compacta, a la vez? ¿No podríamos decir lo mismo de La educación sentimental de Flaubert? ¿No hay en una novela como Las aventuras del buen soldado Svejk un ansia de dominar el paso del tiempo, de poner el mismo al servicio de la evolución vital y accidental del personaje, y no al revés? Mucho antes de escrituras expansivas  y alucinadas como las de Philip K. Dick y William Burroughs, la novela encierra el deseo, tal vez la nostalgia, de una existencia que no vive sometida a los límites del tiempo y a su ilusión secuencial. En las estrías del género se da una aceptación de la mimesis y, al mismo tiempo, un rechazo a sus postulados. Y son seguramente las novelas más admirables, las que se reservan una mayor capacidad de afección, las que sacan mayor provecho de esta tensión, porque ni el deseo ni la nostalgia en relación a la liberación del yugo del tiempo son ajenas a la conciencia humana, por más que sí lo sean los sentidos. No es de extrañar que en las novelas que aspiran a una reproducción en clave de crónica de la realidad digamos, periodística, incluidas las diversas modalidades de autoficción, esta tensión sea prácticamente nula. La tensión entre la aceptación y el rechazo de la falsa (por mutilada) percepción habitual del tiempo es directamente proporcional a la fantasía inducida. Por eso una literatura armada a base de imaginación, donde esta tensión se manifieste sin reservas y en la que el deseo y la nostalgia de otra relación con el tiempo sean protagonistas, se situará siempre más cerca de la intuición primaria del lector. Será reconocida como más auténtica y, sí, más real. Si atendemos a la naturaleza de la poesía, la norma es igual de sencilla: un texto cualquiera será siempre más poético en la medida en que responda (con ánimo aniquilador, incluso) a la limitación impuesta por la percepción del tiempo. Donde no hay tensión, no hay poesía.

Escribe María Zambrano en Hacia un saber sobre el alma (Alianza Editorial, Madrid, 1987): “El arte parece ser el empeño por descifrar o perseguir la huella dejada por una forma perdida de existencia. Testimonio de que el hombre ha gozado alguna vez de una vida diferente. Pero en esta persecución las artes de la palabra parecen encerrar la clave más que las plásticas, siempre más de este mundo, más adaptadas a la realidad que se nos ofrece. La razón no es difícil de encontrar; las artes plásticas tienen menos que ver con el tiempo; su apariencia, por el pronto, es espacial y no sucesiva; su goce no es, a la par, una realización. Y en la vida humana lo decisivo es el tiempo”. Dicho de otro modo: si las artes plásticas se resuelven en el espacio, la literatura lo hace en el tiempo, y nosotros somos, fundamentalmente, tiempo. Pero esto quiere decir que percibimos el tiempo de una manera concreta a la vez que sospechamos (aquella “forma perdida de existencia”: la nostalgia y su expresión en forma de deseo) que el tiempo es otra cosa, algo que se nos escapa. Y que nosotros somos, también, otra cosa si es cierto que somos tiempo. La importancia de la literatura para la experiencia humana es que nos provee de una compañía certera y concreta en esta tensión. En lo escrito, no estamos solos. La experiencia volcada en la primitiva tecnología de las palabras, con su mismo reloj imperfecto, nos lleva de la mano a modo de consuelo ante la certeza de que el tiempo que vivimos no es el que nos pertenece.

2. La gran ilusión

Ulises y las sirenas: la ilusión de Homero.
Ulises y las sirenas: la ilusión de Homero.

En julio de 2005, el físico estadounidense Richard Conn Henry generó una abultada polémica en el mundo científico con la publicación de un artículo en la revista Nature titulado El Universo mental que terminaba así: “El Universo es inmaterial, mental y espiritual. Vive y disfruta”. De inmediato, toda una legión de apóstoles de la new age, el yoga, el veganismo y los zumos detox reaccionó con un júbilo nada discreto: era nada menos que un profesor de Física y Astronomía de la Universidad Johns Hopkins de Maryland el que proponía semejante toma de postura ante el conocimiento de la realidad, como si los diez minutos de meditación diaria nos aproximaran al corazón del misterio con más precisión y verdad que todo lo que tuvieran que decir al respecto Newton, Einstein, Hawking y demás figuras. La vieja guardia académica respondió, como correspondía, con la consabida llamada a las armas, y todavía hoy el articulito de marras es objeto de discusión más o menos acalorada entre adscritos a diversas escuelas; sin embargo, la propuesta de Richard Conn Henry, en realidad una lectura amable y honesta de los principios esenciales de la mecánica cuántica, no hace más que apartar el último velo de una evidencia cada vez más admitida, aunque sea a duras penas. Nuestro hombre parte en su texto de una premisa de perogrullo: únicamente podemos conocer la realidad a través de la observación. “Pero lo que observamos”, apunta, “no son cosas: para ver el Universo como es realmente debemos abandonar nuestra tendencia a conceptualizar las observaciones como cosas”. Esa “tendencia” con la que Richard Conn Henry quiere acabar forma parte, o formaría, del criterio desenfocado con el que la inteligencia humana percibe la realidad: el mismo criterio por el que, por ejemplo, percibimos el tiempo como una sucesión de causas y efectos, en una línea que transcurre entre el pasado, el presente y el futuro, cuando ni a nivel cuántico ni a nivel cósmico se da nada parecido (bajo ninguna circunstancia tendrían sentido en estos ámbitos nociones como las de antes, ahora o después). El reconocimiento de la cosa en lo observado es una ilusión, por tanto, en la medida en que la casa de la realidad está construida con otros ladrillos. Entonces, si nuestra obligación es descartar las cosas, ¿de qué está hecho el mundo? El físico italiano Carlo Rovelli (El orden del tiempo. Anagrama, Barcelona, 2018. Traducción de Francisco J. Ramos Mena) sostiene que el mundo está hecho de eventos, lo que se correspondería con un Universo en continua transformación o, más exactamente, en continuo discurso, al gusto de Heráclito y su río (así como del Aristóteles que define el tiempo como la medida del cambio). Otros autores contemporáneos, como nos recuerda el filósofo de la ciencia Jordi Pigem, defienden, en la misma línea, que la realidad está hecha de relaciones, lo que enlaza de manera directa con la misma mecánica cuántica. Esta consideración, por cierto, vendría a insuflar oxígeno a ciertas posiciones neoatomistas según las que las partículas subatómicas no son reales, sino construcciones intelectuales creadas en el empeño de comprender la realidad en la mayor amplitud posible (en todo caso, eso sí, compatibles con el método científico, al menos hasta donde alcanza la paradoja; tal pensamiento puede atentar contra algunos argumentos esenciales de la ciencia, pero cabe apuntar que el siglo XIX, hace tres días, buena parte de la comunidad científica se negaba a aceptar la existencia del átomo: sea cual sea esta historia, estamos en el principio). Comprender la realidad entraña de esta forma un reto delicado en la medida en que admitimos que el criterio está desenfocado. En una maniobra hábil y bien interesante, Richard Conn Henry incluía en su artículo una cita que el dramaturgo británico Michael Frayn ponía en boca de Niels Bohr en su obra Copenhague (objeto de un reciente montaje en España, dirigido por Claudio Tolcachir y protagonizado por Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez): “El Universo sólo existe en la capacidad de comprensión localizada en la mente humana”. Lo interesante es que, bajo una óptica desenfocada que tiende a percibir cosas donde sólo hay eventos o relaciones, no habría más remedio que entender aquí comprensión como invención. O, directamente, ilusión. 

Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba, en 'Copenhague' (Foto: Marieta Avi).
Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba, en ‘Copenhague’.

Muy a pesar de la confirmación en 2013 de la existencia del bosón de Higgs, que vino a poner cierto orden con la demostración de que la materia sí importa, o de que al menos hay una diferencia entre lo que podemos definir como materia y lo que no (así como con el reconocimiento  deun estado intermedio); así como de los muchos físicos que mantienen vivo el argumento de que las cosas observadas sí definen la realidad, o al menos forman parte de ella (con lo que no debieran ser descartadas sin más), el recelo ante el criterio desenfocado contra el que ya advirtió Werner Heisenberg en 1925 es una clave ampliamente asumida en la investigación científica. De este modo, la mecánica cuántica nos trae una mala noticia que nadie ha logrado rebatir con éxito desde entonces, si bien ya nos la proveyó Platón con su mito cavernario: el ser humano no puede conocer la realidad dado que la única óptica a la que puede aspirar está mal enfocada. En lugar de conocer, por tanto, sólo podemos intuir e imaginar. Y merece la pena llamar la atención sobre cómo la creación literaria, desde la superación de la intuición y la imaginación hasta el alumbramiento de la fantasía, ha seguido procedimientos asombrosamente parecidos a lo largo de la Historia a la hora de percibir, definir, incorporar e interpretar la realidad. Si la literatura entraña la creación de un mundo que únicamente puede ser gestado a través de la mímesis, tal y como manifiesta Aristóteles en su Poética, desde Homero y Hesíodo queda claro que ese mundo está hecho a base de eventos y de relaciones, no de cosas. Las cosas no importan en la obra literaria: no influyen, no condicionan, no determinan. Son los sucesos, y especialmente las relaciones entre ellos, los ladrillos que conforman la arquitectura desplegada en la inteligencia del lector (u oyente: esta calidad de la naturaleza literaria es anterior a la escritura). Cuidado: no es la cantidad de sucesos y relaciones la que determina el alcance una construcción literaria, sino la realidad manifiesta con los recursos empleados, ya sean muchos o pocos (la verdadera revolución de Samuel Beckett tenía que ver con que incluso la negación de los acontecimientos le servía para brindar una manifestación abrumadora de la realidad, lo que tiene que ver con la ley literaria por la que, cuando se trata de mostrar, menos es siempre más). Lo curioso es que, incluso en el registro de la novela realista más empeñado en la mímesis del criterio desenfocado, el procedimiento es el mismo: no cuentan las cosas, sino los eventos y las relaciones. En una novela o una obra dramática, los personajes son los vértices de la red en la que esa relación de acontecimientos se extiende; en una creación de carácter poético, la definitiva superación del tiempo como sucesión de causas y efectos permite, o debería permitir, que la percepción de las relaciones sea mucho más inmediata: el mundo escrito no precisa aquí vértices, sino que cada idea, cada palabra, se inserte en la red en complicidad con el lector, sin necesidad de más intermediarios. Pero la intuición es la misma. Si el conocimiento científico nos explica a tenor de la mecánica cuántica que observar es inventar en cuanto lo observado se interpreta como una cosa, la literatura lleva inventando la realidad que intuye sin necesidad de cosas, a base de eventos y relaciones, de una manera entonces mucho más fidedigna a la realidad que no podemos conocer, desde mucho antes de la escritura: acaso desde la semilla del mito, desde que el primer homo sapiens se dejó conquistar por la fantasía bajo un cielo estrellado, en el interior de la cueva donde se contó el primer relato, donde nació el arte como, precisamente, instrumento para narrar (la escritura es, de hecho, la evolución lógica del arte esquemático rupestre). Conviene igualmente distinguir entre ficción e invención: también la literatura de no ficción se sostiene en los mismos cimientos de eventos y relaciones, no en las cosas presuntamente observables. Las ideas argüidas para una determinada intuición de la realidad son, en un grado no menor, una invención. Que esas ideas cuenten con un posible correlato en la experiencia, presente o pasada, no constituye más que un accidente anecdótico: la experiencia no es más que otra ilusión.

Y a lo mejor tenemos aquí el particular criterio desenfocado de la creación literaria, sustentado en la implacable lógica comercial y editorial: su escisión escrupulosa entre ficción y no ficción, entre lo poético y lo prosaico, entre lo más realista y lo más fantástico. Si la observación es una ilusión, la realidad sólo puede representar en la literatura una cualidad entrópica. Sin desdeñar a Aristóteles, la literatura únicamente puede imitarse a sí misma, porque exactamente así funciona el mundo. El Universo escrito es un Universo mental, igual que el que escudriñan los astrónomos y astrofísicos, igual que el que acontece en las regiones inferiores al átomo. De modo que la distinción entre géneros como si de literaturas se tratase es una impostura que obedece a un empobrecimiento premeditado y sedante de la experiencia. Una literatura que aspire a abarcar la realidad (intuirla, asimilarla, definirla: inventarla) habrá de superar cualquier oposición de la ficción a la no ficción y viceversa con tal de que el lector, del mismo modo, intuya, asimile, defina e invente la realidad a través de la experiencia llamada fantasía. No existe lo observado: existe lo que somos capaces de inventar. Tal enfermedad, y no otra, es la que define a la especie humana.

1. Café en la Vía Láctea

Roger Penrose.
Roger Penrose.

Mientras escribo, observo la taza de café que me he preparado y que tengo justo al lado, sobre el escritorio, a una distancia prudente (por nada del mundo querría derramar su contenido sobre el teclado de mi nuevo Mac). Es una taza anodina, nada especial, pero tampoco vulgar. Está fabricada completamente en vidrio, y de hecho pasaría perfectamente por uno de aquellos antiguos vasos de  cerveza, empleados ocasionalmente también para el vino y llamados zuritos, si no fuera por el asa  del mismo vidrio que sobresale en su costado. Pensándolo bien, sin embargo, este apéndice, igual que el doble borde sobre el que poso los labios a cada sorbo, le confiere una apariencia más distinguida, un acabado de cierta clase. Uno imaginaría varias tazas así sobre una mesa en una reunión de altos ejecutivos en Silicon Valley. De hecho, un famoso actor de Hollywood aparece en un anuncio publicitario tomando café en una taza como la mía. Y encajaría a la perfección, supongo, en un montaje suficientemente digno de alguna obra de Yasmina Reza. Ya puestos, si en una de las muchas novelas que en los últimos años han abordado la frustración y el ocaso de la clase media le hubiese dado a su autor por describir la taza que emplea un personaje empeñado en aferrarse a su ensoñación primaria, incapaz de renunciar tanto al poder adquisitivo como a las expectativas que pudo barajar antes de la crisis económica, considero que la mía, o una parecida a la mía, le vendría como anillo al dedo. Más aún: si Tolstoi y Flaubert escribiesen en el siglo XXI, sería una taza como la que tengo al lado, y no una de porcelana, la que mejor encajaría con sus ambientes. No me pregunten los motivos exactos, pero casi puedo ver a una mujer, joven aún, encerrada en un matrimonio de mentira, fracasada respecto a todas y cada una de las ilusiones que pudo hacerse en algún momento, tomando un café en una taza así en un apartamento de alguna urbanización de las afueras, con piscina comunitaria, antes de culminar su meditada decisión de quitarse la vida. Mi taza es real: la tengo aquí conmigo, puedo tocar la superficie que el café ha calentado, compruebo cómo su contenido se reduce poco a poco hasta el poso final; pero también es un elemento de ficción en la medida en que se ajusta a determinados escenarios, paisajes imaginarios que los valores de la cultura occidental han determinado como predecibles. La cuestión es que ningún escritor (es obligado reseñar aquí la excepción de Proust y toda su escuela; Georges Perec, por su parte, nos ofrecería el recuento de todas las tazas que conservamos en nuestras estanterías, vitrinas y cajones) dedicaría más de una línea a describir la taza de café que un personaje sostiene antes de acometer alguna tarea decisiva para el curso de los acontecimientos narrados en una novela, ésos que prometen acontecer en la página siguiente. Pero en la imaginación del lector (distinta es la posición del espectador de la obra de Yasmina Reza, donde la prefiguración de la taza ya le es dada como real), los valores culturales compartidos le permitirían describirla, a tenor de las claves contextuales aportadas, sin necesidad de que el autor lo haga.

Admitamos por un momento, no obstante, que las claves contextuales comúnmente compartidas implican un reduccionismo mutilador, por no decir censor. Vuelvo a mirar mi taza. Suspiro aliviado: me he terminado el café y mi teclado está sano y salvo. Considero su posición en otros términos: su localización no se ciñe únicamente a mi escritorio, sino a un planeta situado a una distancia de 149,6 millones de kilómetros del Sol, en torno al cual orbita a una velocidad de unos treinta kilómetros por segundo. El planeta en el que está mi taza, ahora vacía, se encuentra de hecho en un sistema solar ubicado en una determinada posición de una galaxia denominada Vía Láctea, perteneciente a su vez al Grupo Local del Supercúmulo de Virgo dentro de la región conocida como Laniakea. Se estima que en toda la Vía Láctea existen unos cuatro mil millones de estrellas, y que en todo el Universo, formado por vastas regiones como Laniakea, conviven unos cuatro mil millones de galaxias. El mismo Universo, originado hace 13.800 millones de años, es además invisible en su mayor parte a nuestros ojos: el 84,5 por ciento se distribuye entre materia oscura y energía oscura, elementos que sólo podremos empezar a conocer a partir de los registros de ondas gravitacionales, en virtud de una tecnología revolucionaria que no precisa de luz y que aún se considera en pañales. Otra característica notable del Universo es su expansión, a una velocidad establecida en la Ley de Hubble de 70 kilómetros por segundo por megapársec, si bien mediciones más recientes afinan hasta 73, lo que podría significar que la velocidad de expansión del Cosmos no sólo no decrece sino que, contra cualquier previsión razonable, aumenta. Resulta imposible establecer una imagen mental de esta naturaleza, accesible únicamente a través de las matemáticas. Si ahora reparo en mi taza, las posibilidades de considerarla como un objeto de ficción se han multiplicado, en correspondencia, hasta proporciones para las que la imaginación ya no basta. Los valores culturales que podrían hacer de la taza un utensilio predecible en contextos más o menos concretos se disipan, pero no a tenor de las situaciones que podemos inventar para ella, sino a partir de lo que la realidad nos cuenta. ¿Es una paradoja? Seguramente lo es en el mismo modo en que lo que supera los límites de la imaginación no es la fantasía, sino la medición exacta y el dato científico; es decir, en la medida en que fantasía y realidad nombran la misma cualidad de mi taza en el contexto apropiado. En lo relativo al contexto, por cierto, si Goethe afirmó que “el que no sabe llevar la contabilidad por espacio de tres mil años se queda ignorante en la oscuridad y sólo vive al día”, podemos añadir a ese “tres mil años” la expresión “93.000 millones de años luz”, que es el perímetro del universo observable (al menos, para empezar) con tal de que la intención quede más afirmada. De nada nos sirve la ampliación de un horizonte temporal si no hacemos lo propio con el espacial, aunque sólo sea porque espacio y tiempo son los ingredientes de la argamasa principal de la realidad: el espacio-tiempo.

La región cósmica de Laniakea.
La región cósmica de Laniakea.

En su libro Moda, fe y fantasía en la nueva física del universo [Debate, Barcelona, 2017. Traducción de Marcos Pérez Sánchez], el físico y matemático Roger Penrose afirma: “Hay mucho en el funcionamiento de la naturaleza que parece fantástico, según las conclusiones a las que el pensamiento científico racional muestra habernos conducido a la hora de afrontar sólidos resultados observaciones. Como hemos visto (…), el mundo conspira en efecto para comportarse de la manera más fantástica cuando se lo examina al nivel minúsculo en el que dominan los fenómenos cuánticos”. Hace ya casi un siglo, las descripciones de la realidad que dejaron para la Historia Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg revelaron que, a nivel cuántico, la materia se comporta de una manera que sólo cabe definir como fantástica, calificación que alcanza de hecho niveles extremos si atendemos al horizonte de sucesos de un agujero negro; pero el mismo Roger Penrose identificó recientemente signos que demostrarían la coexistencia de otros universos en radiaciones cercanas al Big Bang, con lo que las posibilidades de mi taza como objeto de ficción se multiplican hasta cimas inabarcables gracias a la inestimable ayuda de lo real. Es importante subrayar que, vulneradas las posibilidades de la imaginación, nos atenemos sin más remedio a las de la fantasía. Sobre la distinción entre ambas magnitudes se ha escrito largo y tendido, pero me gusta especialmente lo que apunta Mircea Cartarescu cuando señala que la imaginación es humana y la fantasía divina: aunque se han escrito miles de libros sobre juicios, es la fantasía, y no la imaginación, la que permitió a Kafka escribir una novela tan asombrosa como El proceso. A partir del mismo procedimiento, es la fantasía lo que me permitiría describir mi taza como un objeto real, mientras que la imaginación únicamente la contemplaría como objeto de ficción. Invita Roger Penrose, como buen racionalista, a tomar estos argumentos con muchísimo escrúpulo, y lamenta de hecho la consolidación en la física actual de líneas de estudio cada vez más excitadas y menos prudentes a la hora de extraer conclusiones precipitadas de determinados datos. ¿Podemos, sin embargo, desde el margen de la literatura, con un ojo puesto siempre en la ciencia, explorar los mecanismos por los que la fantasía confiere una entidad real a objetos y acontecimientos? ¿Atisbar, incluso, el modo en que lo que consideramos ficción, especialmente cuando se nutre de la fantasía, y no tanto de la imaginación, se anticipa a lo que el mismo conocimiento científico nos informa de la realidad? La frase con la que Roger Penrose concluye el libro citado, a cuenta de las teorías sobre la autoría de las obras de Shakespeare, ofrece una sabia advertencia y además da buena cuenta de su sentido del humor: “Por difícil que pueda parecer cambiar un punto de vista científico que está ampliamente asentado, cabría pensar que hacerlo en el mundo literario (…) sería sencillamente imposible”. Pero ésta, maldita sea, es tarea de heterodoxos. O extravagantes. Acotemos un determinado contexto. ¿Listos? Contemplémoslo desde fuera.