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7. La distancia efímera

'Café de Flore' (1958). Paul Almasy
‘Café de Flore’ (1958). Paul Almasy

La vieja puerta de madera se abrió de manera discreta, pero el avisador tubular emitió su sonido metálico con igual intensidad. Fuera llovía a cántaros: los desagües escupían caudales a ritmo frenético en todas las manzanas mientras la corriente arrastraba hojas secas y periódicos del día anterior. Sin terminar de cruzar el umbral, la mujer cerró el paraguas negro con esmerada delicadeza y lo dejó bien atado en el paragüero de porcelana habilitado a su izquierda, donde otros dos hacían tiempo erguidos sobre el fondo encharcado. Se quitó después el abrigo verde y dejó a la vista su jersey fino de cuello vuelto y su falda gris hasta las rodillas. El viento había respetado el orden de la melena rizada y corta que cubría su cabeza. Cerró al fin la puerta, dobló cuidadosamente el abrigo sobre su antebrazo, sostuvo el bolso con la otra mano y se dejó embriagar por el aroma del café. Sus zapatos de tacón mojados resonaron sobre la tarima. En la estancia umbría de ventanas empañadas y decorada con viejos carteles de cine sobre el papel de la pared sólo había dos mesas ocupadas, lo que al cabo resultaba previsible con el frío y la lluvia. En una, un señor al que no conocía, extrañamente vestido con una levita pasada de moda y unos anteojos que acentuaban los estragos de su alopecia, tomaba notas en un cuaderno junto a una humeante taza de té. En la otra, el señor y la señora Fantin cumplían con la liturgia diaria de su merienda a base de café, pastas de almendra y bollos de canela a la vez que discutían a boca llena sobre las pésimas calificaciones del hijo mayor de los Bourdeu, con todo el énfasis que podía permitirse un matrimonio al que Dios no había dado descendencia a la hora de criticar las aptitudes paternales ajenas. En la barra, el señor Lagarde frotaba con su bayeta un vaso como si hubiera querido sacarle brillo mientras saludaba con una ligera inclinación de cabeza y la mejor de sus sonrisas bajo su abultado bigote cano a la recién llegada, que, tras responder con la misma cortesía al anfitrión, pero sin ocultar un ligero gesto de decepción, optó por una mesa lo suficientemente retirada, aunque a cambio se encontrara mucho más próxima de lo deseable a los aseos. Nada más dejar su abrigo en el respaldo de una silla y tomar asiento en otra, consultó su reloj de pulsera. Las siete y cinco. No estaba mal para una mujer de treinta años que habría preferido no tener que escoger mesa y que por eso había calculado los tiempos con el fin de retrasarse exactamente cinco minutos. Se cruzó de piernas, dejó el bolso sobre la mesa y extrajo del mismo un espejito con el que comprobó una vez más la calidad del maquillaje. A apenas diez metros, el televisor de bobina alojado sobre la tarima estaba encendido al volumen apropiado. Las noticias se sucedían ante el desinterés manifiesto de los presentes: el ministro de Sanidad se enfrentaba a un polémico juicio por corrupción, pero más allá de las servidumbres habituales nada parecía merecer una atención excesiva. Sin dejar pasar mucho más que los segundos de cortesía, el señor Lagarde se dirigió a la mujer desde la barra apenas terminado de secar el último cubierto:

– Buenas tardes, señorita Guillot. ¿Tomará lo de siempre?

– Buenas tardes, señor Lagarde. Sí, pero aguarde todavía un poco, si no le importa. Esta tarde espero compañía.

– Por supuesto.

Volvió a mirar su reloj. Seguían siendo las siete y cinco. Las agujas apenas se habían movido, pero comprendió que había llegado el momento de convencerse a sí misma de que no importaba, de que no pasaba nada, de que en una tarde como ésta los retrasos eran inevitables. Justo la tarea que tanto detestaba. Si ella había logrado llegar justo a la hora prevista, cinco minutos después de lo acordado, ni más ni menos, ¿por qué no iba a poder hacerlo cualquier otro? ¿Sólo por un chaparrón, una tormenta más a estas alturas del otoño? Tenía que distraerse antes de que aquella lucha que empezaba a cernirse en su cabeza llegara a perturbarla demasiado: si algo odiaba más todavía era tener que darle la razón a su madre cuando le recomendaba que no se dejara llevar con tanta facilidad por sus malos augurios. Se levantó y se acercó al revistero que el señor Lagarde tenía habilitado junto a la barra. Se decantó sin apenas mirar por una revista de moda que distaba mucho de ser el último número y regresó a su mesa. Se sentó por segunda vez y percibió en las yemas de sus dedos las arrugas y dobleces del papel satinado. Imaginó todas las manos que se habían posado allí antes, que habían pasado las páginas con mayor o menor aburrimiento, que habían dejado la publicación distraídamente sobre cualquier superficie mojada, que habían volcado el café encima sin querer, que habían roto sus esquinas y mermado sus pliegues, en una erosión implacable; se preguntó por los traseros que se habían sentado involuntariamente encima, las salivas depositadas sobre las fotografías, las pestañas, motas de caspa y demás fragmentos desprendidos que habían quedado atrapados en aquel magma impreso que hojeó con desgana. Le irritaban las modelos famélicas, los diseños imposibles, la banalidad de los artículos, el paternalismo de los consejos de belleza. Sólo quería que pasara el tiempo, más rápido, menos consciente. Volvió a mirar el reloj: las siete y nueve minutos. Cerró la revista sobre su regazo y decidió darse por vencida ante el aroma irresistible que exhalaba la cafetera. En el informativo, un equipo de fútbol de primera división había confirmado un fichaje millonario.

– Disculpe, señor Lagarde. Con mucho gusto tomaría ahora un café solo.

– Por supuesto, señorita Guillot. Marchando.

Apenas dos minutos después estaba la taza humeante sobre la mesa, blanca y sencilla como el humilde platillo que la sostenía. La mujer abrió el sobrecillo rojo de azúcar y vertió el contenido en el café. Tomó después la cucharilla metálica y, nada más introducirla, tuvo la impresión de que el tintineo sonaba como un estrépito. Pensaba ya en lo que diría, disculpa, como tardabas pedí un café mientras te esperaba, o quizá le convenía no ser tan directa, pero por supuesto tomaré otro contigo encantada. Eso, en el caso de que se presentara. El rumor de la cucharilla en la bebida le resultó ahora amable, evocador de ciertos momentos no muy remotos y sin embargo ya irremediablemente lejanos. Al escucharlo se sentía menos sola, pero cayó en la cuenta de que los Fantin observaban sin perder detalle cómo removía una y otra vez el azúcar con la mirada extraviada. Lo último que le apetecía era parecerles una tarada de cabeza ida. Sacó la cucharilla, se acercó la taza ardiente a los labios y dio un primer sorbo.

Algunos minutos más tarde, la puerta se abrió de repente. El avisador tubular sonó frenético, como si hubiese entrado un húsar a caballo. El corazón se encabritó en el pecho de la señorita Guillot y a punto estuvo de expulsar aquel primer sorbo por la nariz. Pero el nuevo cliente no era quien ella esperaba. Se trataba del señor Dargaud, el profesor, orondo y radiante a cuenta de su reciente jubilación. Colgó el sombrero y la bufanda en el perchero y se acercó a la barra, donde ocupó un taburete. No llevaba paraguas, así que su rebeca de lana y sus pantalones de pana estaban empapados. Pero no parecía importarle, desde luego. Se frotó las manos, hizo un gesto clarificador con su dedo pulgar mientras brindaba su enorme sonrisa y Lagarde procedió a llenarle la primera copa de anís. De inmediato comenzaron a analizar el último partido del equipo local, la nefasta actuación del árbitro, la conveniencia de buscar otro entrenador, la maldita mala suerte. En apenas otros tres sorbos, sentada en su mesa, la mujer terminó el café, enfriado sin remedio. Sin saber a dónde mirar, perdidas las ganas de volver a repasar la revista, perfiló en su mente resignada la alternativa para aquella tarde: pijama, sofá, chocolate caliente y el mismo libro interminable, o tal vez alguna película interesante en el canal romántico. Nada de documentales. Fuera, la lluvia seguía cayendo con fuerza.

Dargaud y Lagarde continuaban su conversación hasta que el primero, de pronto, pidió al segundo un poco de silencio con otro gesto explícito, esta vez con la mano extendida. El informativo empezaba a emitir una noticia de su interés. Algo relacionado con la misión espacial que estaba teniendo lugar en un remoto planeta, a miles de millones de kilómetros, adonde un robot explorador había sido enviado en el interior de una cápsula. Un periodista aportaba los últimos datos: “Después de quince meses de investigación, la agencia espacial ha dado la misión por concluida. Los testimonios hallados sobre la antigua civilización que habitó una vez el planeta son cuantiosos, pero insuficientes para aclarar las causas concretas de su extinción más allá del desastre climatológico que tuvo lugar hace cerca de tres mil años. Dentro de dos semanas, el robot WIX se apagará sobre la superficie desértica para no volver a despertar”.

– Dicen que hace mucho tiempo ese planeta se veía desde el espacio como un punto de color azul pálido. Ahora no es más que un pedrusco gris – dijo Dargaud de vuelta a su conversación con Lagarde.

– La verdad, no me creo nada de eso. Nos toman por bobos – respondió el camarero.

– Yo no sería tan escéptico. Parece que quienes vivieron una vez allí alcanzaron un desarrollo tecnológico que nosotros no podemos ni imaginar. Y que fue ese mismo desarrollo el que acabó con ellos.

– Ya lo ve, señor Dargaud. Es mejor no ser demasiado ambiciosos.

– Tal vez, pero no dejo de pensar en todo lo que podrían habernos enseñado si hubiéramos dado con ellos cuando aún estaban. Podrían haber sido nuestros amigos, nuestros aliados. Quién sabe las enfermedades que nos habrían ayudado a curar, los viajes que podríamos haber emprendido gracias a ellos. Los científicos han descubierto que se hacían llamar a sí mismos seres humanos, ¿sabe usted? Nadie sabe qué significa eso, pero a mí no me suena mal del todo. Debían ser muy distintos de nosotros, pero quién sabe. Quién sabe…

La mujer miró su reloj de pulsera por última vez y suspiró. No tenía sentido seguir esperando.

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