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6. La letra pequeña

El encargado del laboratorio me confirmó que el trabajo estaba bien hecho. Pero yo no estaba todavía tan seguro. Ni siquiera los aplausos de mis compañeros cuando la eficacia de la cadena biológica quedó demostrada llegaron a tranquilizarme del todo. Me preocupaban los accidentes, los ínfimos, los impredecibles, los pequeños cables sueltos que a menudo terminan arrastrando el proceso hacia orillas indeseables. Nuestra ciencia se sostenía en leyes inmutables pero, a la vez, frágiles y volátiles; tanto, que la letra pequeña podía llegar a significar tanto o más que las conclusiones decisivas. En la teoría, habíamos aprendido a admitir la paradoja; en la práctica, sin embargo, las consecuencias secundarias adquirían de vez en cuando un rango mayor que las directrices primarias, y esto nos dejaba a merced de los dolores de cabeza, las noches de insomnio, los presupuestos malgastados y la más honda frustración. Poco a poco, no obstante, conforme pasaba el tiempo y el experimento se ajustaba a los cauces previstos, pude respirar con más sosiego y hacerme a la idea de que todo había salido bien. La letra pequeña se había limitado a ocupar el lugar que le correspondía y el relato que teníamos ante nuestros ojos era justo el que yo había perseguido. Padre había optado por el metano como principio activo y encontró la atmósfera idónea en aquella luna inhóspita que orbitaba alrededor de nuestro planeta predilecto, el del cinturón de asteroides; y cuando los primeros gusanos comenzaron a contorsionarse sobre el suelo, el estallido de júbilo fue unánime entre nosotros. Después presenté mi propuesta, que escogía el carbono como base fundamental, así que los tutores se apresuraron a enviarme listados de planetas y satélites potencialmente óptimos a tenor de la distancia de las respectivas estrellas y las combinaciones de oxígeno y nitrógeno en sus atmósferas. Pero habían llegado tarde: yo ya había puesto mis ojos en aquel prodigioso huevo azul del mismo sistema solar. No faltaron entre los maestros quienes me señalaban soluciones a priori más duraderas, aunque mi determinación llegó a ser absoluta. Cuando prendieron los primeros aminoácidos y las formas orgánicas empezaron a distribuirse en la variedad de la que dieron cuenta después los informes se terminaron de disipar las dudas sobre el carbono. A pesar de mi prudencia, todos me felicitaron. Hasta que al final convine, satisfecho, en que sí, había hecho un buen trabajo.

El problema es que nunca sabes cuándo va a empezar a ganar terreno la letra pequeña. Algunos días después me senté a calibrar las primeras tangentes relativas a la evolución de las especies mientras reparaba, a tenor de los registros de rotación y traslación, en que las formas dotadas de suficiente inteligencia, si es que llegaba a fecundarse alguna, contarían por millones de años lo que sobre la mesa del laboratorio transcurría en apenas unos minutos. Y ya entonces me fijé en aquella variedad de homínido que se había consolidado con tan notable expansión sobre las competidoras. Observé que un ejemplar acababa con la vida de otro a base de golpes propinados con una roca contra su cráneo ya maltrecho, y que no lo hacía para procurarse alimentación: al contrario, dejó el cuerpo del adversario tirado a la orilla de aquel río sin probar bocado. Entonces despertaron en mí oscuros vaticinios que no tardaron en cumplirse: la especie en cuestión se desarrolló en todo el huevo azul con un afán tan multiplicador como destructor, hasta el punto de que borró de un plumazo las condiciones atmosféricas por las que yo había escogido aquel planeta para mi experimento. Intenté mantener este caos fuera de la vista de los tutores, pero todo fue en vano. Tras la última evaluación, me vi obligado a eliminar del huevo todo rastro de vida, hasta la última molécula, y a empezar de nuevo en otro sitio. Esta vez he hecho caso a mis mayores y he escogido otro planeta a una distancia de tres estrellas en dirección al centro de la galaxia. Mañana empiezo las pruebas. Deséenme suerte.

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