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4. Edipo en el Big Bang

Robert Coleby, en el papel de Hamm en 'Fin de partida', de Samuel Beckett.
Robert Coleby, en el papel de Hamm en ‘Fin de partida’, de Samuel Beckett.

Con permiso de los entusiastas de la conquista de Marte, la iniciativa de la que más éxitos podemos esperar respecto a un mayor conocimiento del Universo en los próximos años es la que comparten los observatorios de ondas gravitacionales incluidos en el proyecto LIGO. Desde el reciente primer registro de estas ondas, la posibilidad de estudiar y cartografiar el Cosmos sin necesidad de luz, con un alcance que, según los planes previstos, podría llevarnos incluso al segundo posterior al Big Bang, ha abierto puertas y expectativas que directamente sitúan la misma acción observadora del ser humano en una posición trascendental. Que una tecnología lo suficientemente sensible para detectar las ondas gravitacionales que predijo Einstein sea una realidad debería bastar, igualmente, para intuir (cuanto menos) a dónde puede conducirnos el conocimiento científico que la especie es capaz de alumbrar en el siglo XXI, aunque, lamentablemente, la distancia entre la opinión pública y este mismo conocimiento parezca irreductible (lo que podría deberse, en parte, a la abstracción con la que ese mismo conocimiento se ha visto obligado a formularse). Lo curioso es que la localización de objetos y fenómenos estelares sin necesidad de luz responde a una frustración: la que acarreó el siglo pasado la revelación de que el 84% del Universo está formado por materia y energía oscura, elementos que permanecen así fuera de nuestra vista y que no podemos distinguir. En su momento, la más precisa definición del Cosmos nos convirtió en criaturas ciegas bajo una premisa fundamental: no podemos ver el Universo. Sólo apenas una fracción del mismo, el 16% que sí cuenta con la ventaja de la iluminación. La respuesta a esta frustración vino con la consideración de que Einstein podía tener razón en el plano físico, no sólo en el matemático, cuando sostuvo que los cuerpos emiten ondas extraordinariamente débiles derivadas de su actividad gravitatoria. Si los seres humanos somos exploradores por naturaleza, hasta ahora únicamente hemos podido hacer nuestro trabajo como topos que excavan sus madrigueras bajo tierra; desde hace apenas tres años, disponemos de una herramienta que nos permite salir a la superficie y conocer el mundo exterior aunque no podamos verlo. Y a poco que recapacitemos en todo esto sólo podemos aceptar la evidencia de la ceguera por cuanto es mucho más lo que no podemos ver que lo que sí se acrecienta, por más que acudan en nuestras ayuda alternativas tan insospechadas como la gravedad y las huellas que su mecánica deja en el espacio.

Si decidiéramos jugar en el tablero filosófico, las ondas gravitacionales podrían servir como llaves que abrieran las cadenas de los esclavos hacinados en la caverna platónica, donde únicamente perciben la realidad a través de las sombras. Eso sí, la llave no es un foco: fuera de la caverna tampoco podríamos ver la realidad tal cual, pero sí al menos advertir la presencia de elementos que hasta entonces habrían permanecido ocultos. Podremos definir estos elementos invisibles (como agujeros negros, planetas errantes y estrellas enanas), representarlos, recrearlos e incluso fotografiarlos a través de sus figuraciones matemáticas, pero nunca verlos. Y esto sólo en lo relativo a la materia oscura, con la que se corresponden estos elementos y que constituye únicamente el 23% de ese 84% invisible del Universo: el 77% restante está formado en su totalidad por energía oscura, mucho más impredecible y cuya percepción es, en consecuencia, más remota. El descubrimiento de las ondas gravitacionales no nos hace menos ciegos aunque nos permita localizar elementos y sucesos en cuya existencia únicamente podíamos confiar hasta ahora por obra y gracia de las leyes de la Física, pero sí nos ayuda a comprender la dimensión de nuestra ceguera, hasta qué punto desconocemos la realidad y, lo que resulta más determinante, hasta qué punto no podemos conocerla. Pero encontramos algo todavía más conmovedor: la constatación por parte del conocimiento científico de que la sospecha, tan antigua seguramente como la propia humanidad, de que somos seres ciegos, de que no vemos, o de que vemos sólo en parte, o de que lo que vemos no se corresponde con la realidad, es cierta de manera clara y distinta. La desconfianza cartesiana hacia los sentidos no sólo se ve justificada: resultaría difícil señalar una norma superior para la existencia. La sospecha ha ejercido una presencia constante en la historia de la cultura, desde los orígenes del arte hasta las diversas formas de la abstracción, desde la consagración nietzscheana de la música como único logos posible (por tratarse, ciertamente, de la expresión humana más abstracta y por tanto más consecuente con la asunción del ser humano como una institución ciega) hasta los diversos ismos que cundieron después de la Segunda Guerra Mundial. Si la advertencia de Adorno respecto a la escritura poética después de Auschwitz se revestía de un tono esencialmente moral, desde mucho antes se venía aceptando que la misma escritura no es más que un palo de ciego. Buena parte de la producción literaria de la Edad Media, de Hildegarda de Binden a Maimónides pasando por Ramón Llull, descansa precisamente sobre esta idea, una corriente que alcanzó posteriormente su más elevada manifestación en San Juan de la Cruz.

La atención brindada desde la creación literaria a esta tara es múltiple, diversa y transversal, hasta el punto de traspasar toda la literatura misma. Pero nos contentaremos, por ahora, con tres modelos fundamentales. De entrada, no hay arquetipo más efectivo para la ceguera que el clásico Edipo, pero, si bien la personificación más extendida es la del Edipo Rey de Sófocles, cabe subrayar el modo en que la posterior lectura de la tragedia que Séneca afirmó en su Edipo se ajusta a la premisa de que el protagonista ya era un ser ciego antes de que se arrancara los ojos. Al igual que en Sófocles, el Edipo de Séneca adquiere la absoluta condición de ciego llevado por el horror tras la revelación de su abominable crimen y de su relación incestuosa; pero si en Sófocles hay una distinción radical entre lo oculto y lo manifiesto, entre lo invisible y lo exhibido, en Séneca predomina la confusión, la incertidumbre, la imposibilidad de discernir plenamente entre lo uno y lo otro. Esta impresión queda reforzada con la intervención de otro ciego, Tiresias, cuya adivinación es en Séneca misteriosa y enigmática, como la expresión de una humanidad llevada al límite  bajo la certeza, terrible, de que no podemos contar todo lo que puede ser contado: “¿Qué podría decir yo, perdido en la turbación de mi mente atónita? ¿Qué palabras diré? Hay una desgracia siniestra, pero oculta. La ira de los dioses suele manifestarse con señales precisas: ¿qué es esto que quieren que se revele y luego no quieren?” [Séneca. Tragedias completas. Traducción y edición de Leonor Pérez Gómez. Cátedra, 2012]. Era necesaria, seguramente, la transición al mundo latino para que el sometimiento de la lógica al destino adquiriera la hechura precisa e inconfundible de un ojo ciego, donde la intuición encuentra fronteras tan rigurosas, en lugar de una convicción religiosa sobre la pre-escritura de los acontecimientos.

Recreación de ondas gravitacionales.
Recreación de ondas gravitacionales.

Shakespeare abordó la ceguera como representación fidedigna de la esperanza en la conocida escena de su Rey Lear en la que Gloucester, víctima del abuso a manos del poder político que ha decidido sacarle los ojos como castigo a su insolencia, asciende por una montaña hasta la elevada cima ayudado por un mendigo que no es otro que Edgar, su hijo despechado y legítimo, cuya identidad sin embargo desconoce. Gloucester ha requerido al que cree mendigo que le conduzca hasta la cumbre para arrojarse al vacío, derrotado por un mundo en el que reina la injusticia y del que ya no se siente parte. Edgar, a quien Gloucester considera un traidor por el engaño de su otro hijo, el pérfido Edmond, finge que cumple la tarea, cuando en realidad conduce a su padre por una superficie de escasa altura. En esta recreación de un universo en el que “los locos guían a los ciegos”, Shakespeare logra una desoladora y eficaz definición del ser humano como criatura ciega, incapaz de ver y por tanto de albergar la condición que de otra manera le correspondería: en Rey Lear, todos los personajes actúan como entes desposeídos, como presencias taradas e incompletas que buscan sin éxito la porción, el sentido, la emoción que les falta y podría completarlos; pero es en Gloucester donde esta disposición cristaliza con mayor eficacia: “¡No tengo ojos, ay! / ¿Se priva a la desgracia / del beneficio de extinguirse con la muerte? / Aún había consuelo / cuando la pena se burlaba / del odio del tirano y lograba frustrar / su voluntad soberbia” [William Shakespeare. El rey Lear. Edición y versión de Andreu Jaume. Penguin, 2016]. Como en Edipo, la ceguera incorporada  mediante la violencia aporta el aprendizaje de una verdad insobornable: no podemos ver, ni conocer. En esta coyuntura, la esperanza se convierte en una condena insoportable.

A partir de Shakespeare, quien construye la versión definitiva de la ceguera como dimensión precisa de la naturaleza humana es Samuel Beckett a través de Hamm, el personaje de Fin de partida. Su testimonio no deja muchas dudas al respecto: “Un día te quedarás ciego. Como yo. Estarás sentado en cualquier lugar, pequeña plenitud perdida en el vacío, para siempre, en la oscuridad. Como yo. Un día te dirás: Estoy cansado, voy a sentarme, y te sentarás. Luego te dirás: Tengo hambre, voy a levantarme y a prepararme la comida. Pero no te levantarás. Te dirás: No debí sentarme pero ya que esto sentado me quedaré sentado un poco más, luego me levantaré y me prepararé la comida. Pero no te levantarás y no te harás la comida. Mirarás un rato a la pared y luego te dirás: Voy a cerrar los ojos, quizá duerma un poco, luego todo irá mejor, y los cerrarás. Y cuando los vuelvas a abrir la pared habrá dejado de existir. La infinitud del vacío te rodeará, los muertos de todos los tiempos, resucitados, no lo llenarán, y serán como una piedrecita en medio de la estepa. Sí, un día sabrás lo que es esto, serás como yo, sólo que tú no tendrás a nadie, porque tú no habrás tenido piedad de nadie y ya no habrá nadie de quien tener piedad” [Samuel Beckett. Teatro completo. Traducción de Ana Mª Moix. Tusquets, 2006]. Esperamos, así, sentados, dormidos, conocer lo que las ondas gravitacionales tengan que decir de nosotros.

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