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3. Tiempo físico, reloj narrativo

'La llegada', de Denis Villeneuve.
‘La llegada’, de Denis Villeneuve.

Desde Jorge Luis Borges, el autor de ficción que mejor ha escrito sobre el tiempo es, tal vez, el estadounidense Ted Chiang (Port Jefferson, Nueva York, 1967). En su relato La historia de tu vida (incluido en La historia de tu vida. Alamut, Madrid, 2004. Traducción de Luis G. Prado), que adaptó el cineasta Denis Villeneuve en 2016 con su película La llegada, Chiang imaginaba la posibilidad de que la conciencia humana abarcase la magnitud del tiempo en una dimensión real, en toda su amplitud, en lugar de una mera sucesión lineal de causas y efectos, a través del aprendizaje de un lenguaje extraterrestre construido a base de semagramas (ideogramas aptos para escrituras logográficas). Este lenguaje, con el que Chiang actualizaba de manera portentosa el argumento de Ludwig Wittgenstein por el que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, cumplía una función reparadora que permitía a la protagonista del relato comprender la verdadera naturaleza del tiempo, la misma que, de momento, únicamente podemos intuir a tenor de la información recibida del mundo cuántico y el mundo cósmico. Apuntaba Chiang en sus notas a La historia de tu vida un paralelismo con un texto aportado por Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) a la edición conmemorativa del 25 aniversario de su novela Matadero 5 que, por su carácter conmovedor y clarificador, merece ser reproducido aquí en su integridad: “Stephen Hawking (…) encontró intrigante la idea de que no podamos recordar el futuro. Pero recordar el futuro es para mí ahora un juego de niños. Sé lo que será de mis bebés inermes y confiados porque ahora son adultos. Sé cómo acabarán mis amigos más íntimos porque ahora muchos de ellos están jubilados o muertos. A Stephen Hawking y a todos los que son más jóvenes que yo les digo: sed pacientes. Vuestro futuro vendrá a vosotros y se tumbará a vuestros pies como un perro que os conoce y os quiere seáis quienes seáis”.

El segundo y último volumen de relatos de Ted Chiang, Exhalation, de muy reciente publicación (Alfred A. Knopf, Nueva York, 2019), contiene un cuento titulado El mercader y la puerta del alquimista que establece un singular diálogo con La historia de tu vida. Aquí, un comerciante de la Bagdad medieval conoce a un alquimista que parece haber descubierto el secreto para viajar en el tiempo. El alquimista construye una puerta por la que se puede acceder al mundo futuro, pero el mercader le manifiesta su intención de viajar al pasado para evitar una catástrofe que sumió su existencia en la más profunda e irreparable tristeza. Sin embargo, dado que la puerta es de muy reciente construcción, únicamente es posible retroceder en el tiempo unos cuantos días, aunque el alquimista revela al mercader la existencia de otra puerta en El Cairo que construyó hace veinte años y que, por tanto, sí le permitiría desplazarse al momento exacto del pasado al que desea volver, aunque para ello tendrá que trasladarse primero a El Cairo y después, una vez efectuado el viaje en el tiempo, regresar a Bagdad en el mundo pretérito. En sus notas sobre el relato, Chiang, que recrea aquí la técnica narrativa en red de Las mil y una noches, alude a una conferencia pronunciada por Kip Thorne a mediados de los 90 en la que el físico apuntaba la posibilidad de crear una máquina del tiempo de acuerdo con la Teoría de la Relatividad de Einstein. Semejante máquina no sería tal, sino que se parecería más a una puerta (sí, yo también me acordé al leer el comentario de Chiang de la puerta mágica de Doraemon, que por cierto nunca podría servir para viajar sólo en el espacio, sino también, inevitablemente, en el tiempo; pero mejor obviaremos este detalle, al menos por ahora) y, en todo caso, sus usuarios nunca podrían utilizarla para cambiar el pasado (ni el futuro), pero sí, como le sucede al protagonista de El mercader y la puerta del alquimista, comprenderlo.

Kurt Vonnegut.
Kurt Vonnegut.

En ambos relatos de Ted Chiang se da, por tanto, un aprendizaje, lo que delata que nuestra posición habitual respecto al tiempo nos mantiene en una notable ignorancia. Bajo su percepción común, el tiempo nos oculta abundante información sobre sí mismo y, en consecuencia, sobre nosotros. Ni nuestro cerebro ni nuestra experiencia nos permiten asimilar de manera natural la idea de que tiempo y espacio son los ingredientes del tejido esencial de la realidad, el espacio-tiempo, en cuyas células se insertan todos los eventos de la misma realidad siempre en mutua relación. Sólo podemos acceder a esta noción, desde Einstein, a través de la abstracción matemática: en nuestra vida cotidiana el tiempo no se percibe como una relación, sino como una sucesión de episodios, en virtud de una línea de continuidad concebida con un principio, un desarrollo y un final. Y es bien sabido que, especialmente en su faceta narrativa, la creación literaria se ha asentado en este mismo y rudimentario esquema. Las novelas, por ejemplo, se articulan a tenor de un planteamiento, un nudo y un desenlace porque ésta es, o parece ser, la percepción del tiempo que tiene el lector, con lo que, presumiblemente, incorporará la historia narrada a su criterio con mayor facilidad. Sin embargo, cabe destacar que también la misma narrativa, así como (muy especialmente) la poesía, se han planteado a menudo como una respuesta o una resistencia contra la limitación de la experiencia que impone el tiempo; como una invitación, incluso, a la superación de ese límite mediante la manipulación del tiempo a través de la palabra. El primer ejemplo obligado es el Quijote: Cervantes inventa la novela moderna al concebir un artefacto literario dotado de un tiempo propio, que ya no imita sin más la sucesión de acontecimientos sino que crea, a su modo, un enlazamiento temporal inédito hasta entonces entre los distintos planos narrativos puestos en juego. Pero, aunque su disposición parezca conformarse con la más reconocible mimesis temporal, ¿no es Guerra y paz de Tolstoi un intento casi desesperado de abarcar todo el tiempo, de instaurar en el lector una percepción real, y no tanto secuencial, aunque así lo parezca, de los acontecimientos como si todo lo contado se mostrase en una relación perfecta, compacta, a la vez? ¿No podríamos decir lo mismo de La educación sentimental de Flaubert? ¿No hay en una novela como Las aventuras del buen soldado Svejk un ansia de dominar el paso del tiempo, de poner el mismo al servicio de la evolución vital y accidental del personaje, y no al revés? Mucho antes de escrituras expansivas  y alucinadas como las de Philip K. Dick y William Burroughs, la novela encierra el deseo, tal vez la nostalgia, de una existencia que no vive sometida a los límites del tiempo y a su ilusión secuencial. En las estrías del género se da una aceptación de la mimesis y, al mismo tiempo, un rechazo a sus postulados. Y son seguramente las novelas más admirables, las que se reservan una mayor capacidad de afección, las que sacan mayor provecho de esta tensión, porque ni el deseo ni la nostalgia en relación a la liberación del yugo del tiempo son ajenas a la conciencia humana, por más que sí lo sean los sentidos. No es de extrañar que en las novelas que aspiran a una reproducción en clave de crónica de la realidad digamos, periodística, incluidas las diversas modalidades de autoficción, esta tensión sea prácticamente nula. La tensión entre la aceptación y el rechazo de la falsa (por mutilada) percepción habitual del tiempo es directamente proporcional a la fantasía inducida. Por eso una literatura armada a base de imaginación, donde esta tensión se manifieste sin reservas y en la que el deseo y la nostalgia de otra relación con el tiempo sean protagonistas, se situará siempre más cerca de la intuición primaria del lector. Será reconocida como más auténtica y, sí, más real. Si atendemos a la naturaleza de la poesía, la norma es igual de sencilla: un texto cualquiera será siempre más poético en la medida en que responda (con ánimo aniquilador, incluso) a la limitación impuesta por la percepción del tiempo. Donde no hay tensión, no hay poesía.

Escribe María Zambrano en Hacia un saber sobre el alma (Alianza Editorial, Madrid, 1987): “El arte parece ser el empeño por descifrar o perseguir la huella dejada por una forma perdida de existencia. Testimonio de que el hombre ha gozado alguna vez de una vida diferente. Pero en esta persecución las artes de la palabra parecen encerrar la clave más que las plásticas, siempre más de este mundo, más adaptadas a la realidad que se nos ofrece. La razón no es difícil de encontrar; las artes plásticas tienen menos que ver con el tiempo; su apariencia, por el pronto, es espacial y no sucesiva; su goce no es, a la par, una realización. Y en la vida humana lo decisivo es el tiempo”. Dicho de otro modo: si las artes plásticas se resuelven en el espacio, la literatura lo hace en el tiempo, y nosotros somos, fundamentalmente, tiempo. Pero esto quiere decir que percibimos el tiempo de una manera concreta a la vez que sospechamos (aquella “forma perdida de existencia”: la nostalgia y su expresión en forma de deseo) que el tiempo es otra cosa, algo que se nos escapa. Y que nosotros somos, también, otra cosa si es cierto que somos tiempo. La importancia de la literatura para la experiencia humana es que nos provee de una compañía certera y concreta en esta tensión. En lo escrito, no estamos solos. La experiencia volcada en la primitiva tecnología de las palabras, con su mismo reloj imperfecto, nos lleva de la mano a modo de consuelo ante la certeza de que el tiempo que vivimos no es el que nos pertenece.

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