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2. La gran ilusión

Ulises y las sirenas: la ilusión de Homero.
Ulises y las sirenas: la ilusión de Homero.

En julio de 2005, el físico estadounidense Richard Conn Henry generó una abultada polémica en el mundo científico con la publicación de un artículo en la revista Nature titulado El Universo mental que terminaba así: “El Universo es inmaterial, mental y espiritual. Vive y disfruta”. De inmediato, toda una legión de apóstoles de la new age, el yoga, el veganismo y los zumos detox reaccionó con un júbilo nada discreto: era nada menos que un profesor de Física y Astronomía de la Universidad Johns Hopkins de Maryland el que proponía semejante toma de postura ante el conocimiento de la realidad, como si los diez minutos de meditación diaria nos aproximaran al corazón del misterio con más precisión y verdad que todo lo que tuvieran que decir al respecto Newton, Einstein, Hawking y demás figuras. La vieja guardia académica respondió, como correspondía, con la consabida llamada a las armas, y todavía hoy el articulito de marras es objeto de discusión más o menos acalorada entre adscritos a diversas escuelas; sin embargo, la propuesta de Richard Conn Henry, en realidad una lectura amable y honesta de los principios esenciales de la mecánica cuántica, no hace más que apartar el último velo de una evidencia cada vez más admitida, aunque sea a duras penas. Nuestro hombre parte en su texto de una premisa de perogrullo: únicamente podemos conocer la realidad a través de la observación. “Pero lo que observamos”, apunta, “no son cosas: para ver el Universo como es realmente debemos abandonar nuestra tendencia a conceptualizar las observaciones como cosas”. Esa “tendencia” con la que Richard Conn Henry quiere acabar forma parte, o formaría, del criterio desenfocado con el que la inteligencia humana percibe la realidad: el mismo criterio por el que, por ejemplo, percibimos el tiempo como una sucesión de causas y efectos, en una línea que transcurre entre el pasado, el presente y el futuro, cuando ni a nivel cuántico ni a nivel cósmico se da nada parecido (bajo ninguna circunstancia tendrían sentido en estos ámbitos nociones como las de antes, ahora o después). El reconocimiento de la cosa en lo observado es una ilusión, por tanto, en la medida en que la casa de la realidad está construida con otros ladrillos. Entonces, si nuestra obligación es descartar las cosas, ¿de qué está hecho el mundo? El físico italiano Carlo Rovelli (El orden del tiempo. Anagrama, Barcelona, 2018. Traducción de Francisco J. Ramos Mena) sostiene que el mundo está hecho de eventos, lo que se correspondería con un Universo en continua transformación o, más exactamente, en continuo discurso, al gusto de Heráclito y su río (así como del Aristóteles que define el tiempo como la medida del cambio). Otros autores contemporáneos, como nos recuerda el filósofo de la ciencia Jordi Pigem, defienden, en la misma línea, que la realidad está hecha de relaciones, lo que enlaza de manera directa con la misma mecánica cuántica. Esta consideración, por cierto, vendría a insuflar oxígeno a ciertas posiciones neoatomistas según las que las partículas subatómicas no son reales, sino construcciones intelectuales creadas en el empeño de comprender la realidad en la mayor amplitud posible (en todo caso, eso sí, compatibles con el método científico, al menos hasta donde alcanza la paradoja; tal pensamiento puede atentar contra algunos argumentos esenciales de la ciencia, pero cabe apuntar que el siglo XIX, hace tres días, buena parte de la comunidad científica se negaba a aceptar la existencia del átomo: sea cual sea esta historia, estamos en el principio). Comprender la realidad entraña de esta forma un reto delicado en la medida en que admitimos que el criterio está desenfocado. En una maniobra hábil y bien interesante, Richard Conn Henry incluía en su artículo una cita que el dramaturgo británico Michael Frayn ponía en boca de Niels Bohr en su obra Copenhague (objeto de un reciente montaje en España, dirigido por Claudio Tolcachir y protagonizado por Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez): “El Universo sólo existe en la capacidad de comprensión localizada en la mente humana”. Lo interesante es que, bajo una óptica desenfocada que tiende a percibir cosas donde sólo hay eventos o relaciones, no habría más remedio que entender aquí comprensión como invención. O, directamente, ilusión. 

Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba, en 'Copenhague' (Foto: Marieta Avi).
Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba, en ‘Copenhague’.

Muy a pesar de la confirmación en 2013 de la existencia del bosón de Higgs, que vino a poner cierto orden con la demostración de que la materia sí importa, o de que al menos hay una diferencia entre lo que podemos definir como materia y lo que no (así como con el reconocimiento  deun estado intermedio); así como de los muchos físicos que mantienen vivo el argumento de que las cosas observadas sí definen la realidad, o al menos forman parte de ella (con lo que no debieran ser descartadas sin más), el recelo ante el criterio desenfocado contra el que ya advirtió Werner Heisenberg en 1925 es una clave ampliamente asumida en la investigación científica. De este modo, la mecánica cuántica nos trae una mala noticia que nadie ha logrado rebatir con éxito desde entonces, si bien ya nos la proveyó Platón con su mito cavernario: el ser humano no puede conocer la realidad dado que la única óptica a la que puede aspirar está mal enfocada. En lugar de conocer, por tanto, sólo podemos intuir e imaginar. Y merece la pena llamar la atención sobre cómo la creación literaria, desde la superación de la intuición y la imaginación hasta el alumbramiento de la fantasía, ha seguido procedimientos asombrosamente parecidos a lo largo de la Historia a la hora de percibir, definir, incorporar e interpretar la realidad. Si la literatura entraña la creación de un mundo que únicamente puede ser gestado a través de la mímesis, tal y como manifiesta Aristóteles en su Poética, desde Homero y Hesíodo queda claro que ese mundo está hecho a base de eventos y de relaciones, no de cosas. Las cosas no importan en la obra literaria: no influyen, no condicionan, no determinan. Son los sucesos, y especialmente las relaciones entre ellos, los ladrillos que conforman la arquitectura desplegada en la inteligencia del lector (u oyente: esta calidad de la naturaleza literaria es anterior a la escritura). Cuidado: no es la cantidad de sucesos y relaciones la que determina el alcance una construcción literaria, sino la realidad manifiesta con los recursos empleados, ya sean muchos o pocos (la verdadera revolución de Samuel Beckett tenía que ver con que incluso la negación de los acontecimientos le servía para brindar una manifestación abrumadora de la realidad, lo que tiene que ver con la ley literaria por la que, cuando se trata de mostrar, menos es siempre más). Lo curioso es que, incluso en el registro de la novela realista más empeñado en la mímesis del criterio desenfocado, el procedimiento es el mismo: no cuentan las cosas, sino los eventos y las relaciones. En una novela o una obra dramática, los personajes son los vértices de la red en la que esa relación de acontecimientos se extiende; en una creación de carácter poético, la definitiva superación del tiempo como sucesión de causas y efectos permite, o debería permitir, que la percepción de las relaciones sea mucho más inmediata: el mundo escrito no precisa aquí vértices, sino que cada idea, cada palabra, se inserte en la red en complicidad con el lector, sin necesidad de más intermediarios. Pero la intuición es la misma. Si el conocimiento científico nos explica a tenor de la mecánica cuántica que observar es inventar en cuanto lo observado se interpreta como una cosa, la literatura lleva inventando la realidad que intuye sin necesidad de cosas, a base de eventos y relaciones, de una manera entonces mucho más fidedigna a la realidad que no podemos conocer, desde mucho antes de la escritura: acaso desde la semilla del mito, desde que el primer homo sapiens se dejó conquistar por la fantasía bajo un cielo estrellado, en el interior de la cueva donde se contó el primer relato, donde nació el arte como, precisamente, instrumento para narrar (la escritura es, de hecho, la evolución lógica del arte esquemático rupestre). Conviene igualmente distinguir entre ficción e invención: también la literatura de no ficción se sostiene en los mismos cimientos de eventos y relaciones, no en las cosas presuntamente observables. Las ideas argüidas para una determinada intuición de la realidad son, en un grado no menor, una invención. Que esas ideas cuenten con un posible correlato en la experiencia, presente o pasada, no constituye más que un accidente anecdótico: la experiencia no es más que otra ilusión.

Y a lo mejor tenemos aquí el particular criterio desenfocado de la creación literaria, sustentado en la implacable lógica comercial y editorial: su escisión escrupulosa entre ficción y no ficción, entre lo poético y lo prosaico, entre lo más realista y lo más fantástico. Si la observación es una ilusión, la realidad sólo puede representar en la literatura una cualidad entrópica. Sin desdeñar a Aristóteles, la literatura únicamente puede imitarse a sí misma, porque exactamente así funciona el mundo. El Universo escrito es un Universo mental, igual que el que escudriñan los astrónomos y astrofísicos, igual que el que acontece en las regiones inferiores al átomo. De modo que la distinción entre géneros como si de literaturas se tratase es una impostura que obedece a un empobrecimiento premeditado y sedante de la experiencia. Una literatura que aspire a abarcar la realidad (intuirla, asimilarla, definirla: inventarla) habrá de superar cualquier oposición de la ficción a la no ficción y viceversa con tal de que el lector, del mismo modo, intuya, asimile, defina e invente la realidad a través de la experiencia llamada fantasía. No existe lo observado: existe lo que somos capaces de inventar. Tal enfermedad, y no otra, es la que define a la especie humana.

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