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1. Café en la Vía Láctea

Roger Penrose.
Roger Penrose.

Mientras escribo, observo la taza de café que me he preparado y que tengo justo al lado, sobre el escritorio, a una distancia prudente (por nada del mundo querría derramar su contenido sobre el teclado de mi nuevo Mac). Es una taza anodina, nada especial, pero tampoco vulgar. Está fabricada completamente en vidrio, y de hecho pasaría perfectamente por uno de aquellos antiguos vasos de  cerveza, empleados ocasionalmente también para el vino y llamados zuritos, si no fuera por el asa  del mismo vidrio que sobresale en su costado. Pensándolo bien, sin embargo, este apéndice, igual que el doble borde sobre el que poso los labios a cada sorbo, le confiere una apariencia más distinguida, un acabado de cierta clase. Uno imaginaría varias tazas así sobre una mesa en una reunión de altos ejecutivos en Silicon Valley. De hecho, un famoso actor de Hollywood aparece en un anuncio publicitario tomando café en una taza como la mía. Y encajaría a la perfección, supongo, en un montaje suficientemente digno de alguna obra de Yasmina Reza. Ya puestos, si en una de las muchas novelas que en los últimos años han abordado la frustración y el ocaso de la clase media le hubiese dado a su autor por describir la taza que emplea un personaje empeñado en aferrarse a su ensoñación primaria, incapaz de renunciar tanto al poder adquisitivo como a las expectativas que pudo barajar antes de la crisis económica, considero que la mía, o una parecida a la mía, le vendría como anillo al dedo. Más aún: si Tolstoi y Flaubert escribiesen en el siglo XXI, sería una taza como la que tengo al lado, y no una de porcelana, la que mejor encajaría con sus ambientes. No me pregunten los motivos exactos, pero casi puedo ver a una mujer, joven aún, encerrada en un matrimonio de mentira, fracasada respecto a todas y cada una de las ilusiones que pudo hacerse en algún momento, tomando un café en una taza así en un apartamento de alguna urbanización de las afueras, con piscina comunitaria, antes de culminar su meditada decisión de quitarse la vida. Mi taza es real: la tengo aquí conmigo, puedo tocar la superficie que el café ha calentado, compruebo cómo su contenido se reduce poco a poco hasta el poso final; pero también es un elemento de ficción en la medida en que se ajusta a determinados escenarios, paisajes imaginarios que los valores de la cultura occidental han determinado como predecibles. La cuestión es que ningún escritor (es obligado reseñar aquí la excepción de Proust y toda su escuela; Georges Perec, por su parte, nos ofrecería el recuento de todas las tazas que conservamos en nuestras estanterías, vitrinas y cajones) dedicaría más de una línea a describir la taza de café que un personaje sostiene antes de acometer alguna tarea decisiva para el curso de los acontecimientos narrados en una novela, ésos que prometen acontecer en la página siguiente. Pero en la imaginación del lector (distinta es la posición del espectador de la obra de Yasmina Reza, donde la prefiguración de la taza ya le es dada como real), los valores culturales compartidos le permitirían describirla, a tenor de las claves contextuales aportadas, sin necesidad de que el autor lo haga.

Admitamos por un momento, no obstante, que las claves contextuales comúnmente compartidas implican un reduccionismo mutilador, por no decir censor. Vuelvo a mirar mi taza. Suspiro aliviado: me he terminado el café y mi teclado está sano y salvo. Considero su posición en otros términos: su localización no se ciñe únicamente a mi escritorio, sino a un planeta situado a una distancia de 149,6 millones de kilómetros del Sol, en torno al cual orbita a una velocidad de unos treinta kilómetros por segundo. El planeta en el que está mi taza, ahora vacía, se encuentra de hecho en un sistema solar ubicado en una determinada posición de una galaxia denominada Vía Láctea, perteneciente a su vez al Grupo Local del Supercúmulo de Virgo dentro de la región conocida como Laniakea. Se estima que en toda la Vía Láctea existen unos cuatro mil millones de estrellas, y que en todo el Universo, formado por vastas regiones como Laniakea, conviven unos cuatro mil millones de galaxias. El mismo Universo, originado hace 13.800 millones de años, es además invisible en su mayor parte a nuestros ojos: el 84,5 por ciento se distribuye entre materia oscura y energía oscura, elementos que sólo podremos empezar a conocer a partir de los registros de ondas gravitacionales, en virtud de una tecnología revolucionaria que no precisa de luz y que aún se considera en pañales. Otra característica notable del Universo es su expansión, a una velocidad establecida en la Ley de Hubble de 70 kilómetros por segundo por megapársec, si bien mediciones más recientes afinan hasta 73, lo que podría significar que la velocidad de expansión del Cosmos no sólo no decrece sino que, contra cualquier previsión razonable, aumenta. Resulta imposible establecer una imagen mental de esta naturaleza, accesible únicamente a través de las matemáticas. Si ahora reparo en mi taza, las posibilidades de considerarla como un objeto de ficción se han multiplicado, en correspondencia, hasta proporciones para las que la imaginación ya no basta. Los valores culturales que podrían hacer de la taza un utensilio predecible en contextos más o menos concretos se disipan, pero no a tenor de las situaciones que podemos inventar para ella, sino a partir de lo que la realidad nos cuenta. ¿Es una paradoja? Seguramente lo es en el mismo modo en que lo que supera los límites de la imaginación no es la fantasía, sino la medición exacta y el dato científico; es decir, en la medida en que fantasía y realidad nombran la misma cualidad de mi taza en el contexto apropiado. En lo relativo al contexto, por cierto, si Goethe afirmó que “el que no sabe llevar la contabilidad por espacio de tres mil años se queda ignorante en la oscuridad y sólo vive al día”, podemos añadir a ese “tres mil años” la expresión “93.000 millones de años luz”, que es el perímetro del universo observable (al menos, para empezar) con tal de que la intención quede más afirmada. De nada nos sirve la ampliación de un horizonte temporal si no hacemos lo propio con el espacial, aunque sólo sea porque espacio y tiempo son los ingredientes de la argamasa principal de la realidad: el espacio-tiempo.

La región cósmica de Laniakea.
La región cósmica de Laniakea.

En su libro Moda, fe y fantasía en la nueva física del universo [Debate, Barcelona, 2017. Traducción de Marcos Pérez Sánchez], el físico y matemático Roger Penrose afirma: “Hay mucho en el funcionamiento de la naturaleza que parece fantástico, según las conclusiones a las que el pensamiento científico racional muestra habernos conducido a la hora de afrontar sólidos resultados observaciones. Como hemos visto (…), el mundo conspira en efecto para comportarse de la manera más fantástica cuando se lo examina al nivel minúsculo en el que dominan los fenómenos cuánticos”. Hace ya casi un siglo, las descripciones de la realidad que dejaron para la Historia Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg revelaron que, a nivel cuántico, la materia se comporta de una manera que sólo cabe definir como fantástica, calificación que alcanza de hecho niveles extremos si atendemos al horizonte de sucesos de un agujero negro; pero el mismo Roger Penrose identificó recientemente signos que demostrarían la coexistencia de otros universos en radiaciones cercanas al Big Bang, con lo que las posibilidades de mi taza como objeto de ficción se multiplican hasta cimas inabarcables gracias a la inestimable ayuda de lo real. Es importante subrayar que, vulneradas las posibilidades de la imaginación, nos atenemos sin más remedio a las de la fantasía. Sobre la distinción entre ambas magnitudes se ha escrito largo y tendido, pero me gusta especialmente lo que apunta Mircea Cartarescu cuando señala que la imaginación es humana y la fantasía divina: aunque se han escrito miles de libros sobre juicios, es la fantasía, y no la imaginación, la que permitió a Kafka escribir una novela tan asombrosa como El proceso. A partir del mismo procedimiento, es la fantasía lo que me permitiría describir mi taza como un objeto real, mientras que la imaginación únicamente la contemplaría como objeto de ficción. Invita Roger Penrose, como buen racionalista, a tomar estos argumentos con muchísimo escrúpulo, y lamenta de hecho la consolidación en la física actual de líneas de estudio cada vez más excitadas y menos prudentes a la hora de extraer conclusiones precipitadas de determinados datos. ¿Podemos, sin embargo, desde el margen de la literatura, con un ojo puesto siempre en la ciencia, explorar los mecanismos por los que la fantasía confiere una entidad real a objetos y acontecimientos? ¿Atisbar, incluso, el modo en que lo que consideramos ficción, especialmente cuando se nutre de la fantasía, y no tanto de la imaginación, se anticipa a lo que el mismo conocimiento científico nos informa de la realidad? La frase con la que Roger Penrose concluye el libro citado, a cuenta de las teorías sobre la autoría de las obras de Shakespeare, ofrece una sabia advertencia y además da buena cuenta de su sentido del humor: “Por difícil que pueda parecer cambiar un punto de vista científico que está ampliamente asentado, cabría pensar que hacerlo en el mundo literario (…) sería sencillamente imposible”. Pero ésta, maldita sea, es tarea de heterodoxos. O extravagantes. Acotemos un determinado contexto. ¿Listos? Contemplémoslo desde fuera.

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